9.8.14

Fargo o la nieve.



La nieve. Es decir, la nieve. La nieve corroe por dentro al casi humano que la padece. Mientras que entre la primavera y el otoño boreal la locura regular se manifiesta con gritos, agitación y estruendos varios, en el invierno bien al norte del mundo la demencia tiene una vocación particular: Fargo. Sí, Fargo la película, Fargo el lugar, Fargo la serie. Porque Fargo es un síndrome.

Cuando medio metro de precipitación y menos quince grados Celsius se hacen aceptables como condiciones de vida, porque bien puede suceder que más tarde sea un metro, o menos treinta de temperatura, algo anda mal. Es cierto que algunos de los sufrientes viven en negación absoluta y se ponen contentos porque van a ir a esquiar, dicen. Hacen quilómetros de carreteras resbalosas, con baja visibilidad, para llegar a la dichosa estación de esquí. Enfundados en ropajes que les hace transpirar hasta la inconciencia, pagan para subir y bajar de las pendientes heladas como autómatas enfurecidos. El ser humano es lo bastante estúpido como para habituarse a muchas cosas. Ese acostumbramiento a lo anormal es sintomático del universo Fargo.

La prensa amarilla o la crónica roja no da cuenta de lo importante, no investiga ni hace un seguimiento de las historias a cuarta parte de verdad que publica, es sabido. Los números opacos de las estadísticas de criminalidad tampoco ayudan al análisis. Es una colección de detalles recolectados aquí y allá la que dará algunas pistas sobre la escalofriante verdad, valga la redundancia perceptiva. Dice el comisario que en invierno baja la cantidad de homicidios. Es el frío y la oscuridad, afirma. El delincuente común es perezoso. Es el turno del dentista intachable o del contable diligente de ejecutar a la suegra con retorcida saña. El "calladito", el ciudadano modelo se descubre en carnicero inmisericorde al influjo de la semi penumbra invernal. El juez (porque la policía casi siempre apresa al delincuente recién estrenado, tarde o temprano) se dejará convencer por el siquiatra pagado de sí mismo, y permitirá que el asesino pase un tiempo apenas prudente en algún hospital para enfermos mentales, para que luego pueda "reinsertarse en la sociedad". En qué sociedad, la de los sicópatas? pregunta el comisario. No podemos hacer nada más, concede. Probablemente tenga razón, porque el síndrome Fargo es así. Desnuda la horripilancia humana que está latente en algún lugar del cerebro, esperando la ocasión de manifestarse. 
D.B.  
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