17.6.14

El hombre mapache



Los mapaches se mueven con sigilo pero sin pausa en la noche. Viven en la ciudad, adormilados en los árboles entre el tráfico y el trajinar sin sentido de los humanos. La ciudad era suya, la montaña, el Monte Real, su lugar natural. En estos tiempos, salen por las noches a buscar alimento en los tarros de basura.
Esta noche salí muy tarde a respirar el aire fresco y a ver la luna que se desvanece. Un ruido insistente venía de los grandes contenedores para el reciclaje de un edificio vecino. Mapaches, racoones, pensé. Pero un poco más tarde detecté una forma humana detrás de la formación de contenedores. Supe enseguida de quien se trataba.
Es un anciano de figura muy pequeña, tal vez vietnamita, o chino quizás. Sus vestimentas son prolijas, bien distinto de otros oportunistas ocasionales, generalmente de mediana edad, a veces alcohólicos, drogadictos, enfermos mentales sin esperanza de conseguir un empleo o pesados fumadores que no ven otra manera de complementar el magro seguro social que reciben. Encontrar un anciano en ese dudoso oficio es particularmente chocante. Que alguien, al final de sus días tenga que recuperar latas y botellas de la basura de los canadienses, es vergonzoso. Le digo hombre mapache, porque al igual que el gracioso animal, fue desposeído y es la imagen de la injusticia, de la subversión del orden natural. Sin ánimo ninguno de burla, y con mucha pena.
D.B. 

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