6.1.13

La Navidad que el Norte nos vendiera


Abriendo al azar el libro "El recurso del método", de Alejo Carpentier, encuentro una completa explicación de cómo la Navidad se transformó en un evento comercial gracias a la mercantil influencia del Norte en el Sur distraído.  En la página 220 y 221 de mi edición se lee:

"Aquel año extraño, una selva en marcha, semejante a la que avanzó sobre Dunsinane, ascendió hacia la capital, viniendo de los puertos Atlánticos: era millares de abetos del Canadá y de los Estados Unidos, que traían olores exóticos a la urbe para erguirse en los barrios ricos, con un festivo adorno de bolas de vidrio, guirnaldas de flecos dorados, cierzos artificiales, velillas atirabuzonadas, campanas de papel, bajo nevadas de algodón. Aparecieron unos venados raros, con enrevesadas cornamentas, nunca vistos en el país, que se llamaban renos, tirando de trineos atestados de paquetes. Y en las puertas de las jugueterías hubo ancianos barbudos, vestidos de rojo, a quienes llamaban Santa Claus -o Santicloses, como decían las gentes. Las Navidades tradicionales, las de la Colonia, las de ayer, las de siempre, fueron desalojadas en un día por las Navidades Nórdicas. Aquel año no salieron a las calles las bullangueras parrandas de pandero y villancico, para visitar al vecindario al compás de un "Tún-tún... Quién es?... Gente de paz", cuyos cantores iban culebreando por las calles de tanto aguardiente pascual, charanda y zamurillo como habían bebido en premio a su venturoso anuncio de que Emmanuel se había hecho carne, una vez más, y habitaba entre nosotros. Por ello, las canturías de otros tiempos fueron sustituidas en las casas decentes, por cajitas de música que tocaban las melodías de Silent Night, holy night o Twinkle, twinkle little star... [...] Además, ningún santoral cristiano estaba enterado de la existencia de ese Santicló que venía a traer juguetes a los niños trece días antes de que los Reyes Magos -como siempre hubiera ocurrido aquí- se afanaran en tal menester".

De esa manera vivaz y luminosa cuenta Carpentier su historia, que deja entrever un aire entre maravillado y exaltado ante toda novedad, y que no por disparatada deja de ser menos verdadera. Y más o menos de esa manera, de boca abierta, pasamos de respetar tradiciones religiosas coloniales, a adoptar costumbres de origen pagano, en una mezcla heterogénea, casi feliz, y sin culpa, que no teme agenciar ritos africanos en el medio de la ensalada antropológica que nos armamos en el Sur. 
D.B.



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