14.10.12

De bullies, de pesado


En estos días hay una preocupación especial por el acoso o la intimidación en la infancia y en la adolescencia. En Canadá, se registran, con gran alarma social, suicidios de jovencitas acosadas, por ejemplo, a través de la publicación de imágenes trucadas en los medios sociales. En mi vida privada, y desde que tengo memoria, siempre hubo algún tipo de violencia o intimidación. En el jardín de infantes. En la escuela. En casa. En el liceo. En el trabajo. Por parte de quienes se decían amigos, amantes o colegas. Aún después de haber dejado ese país de violencia, misoginia e impunidad, llegaron hasta mí los últimos cimbronazos de esa violencia, hecha libro de autor aplaudido por algún sórdido corrillo. Esa fue la última vez, me prometí.

Probablemente, algunas veces debo haber respondido a tanta violencia, con el mismo comportamiento mal aprendido. Es un hábito, se hace normal porque crecimos con eso. Y aunque supimos que nuestra vida corrió peligro, nadie se tomó en serio el incidente. Es más, en el momento les pareció divertido. Les pareció que estaban haciendo una broma, que su estupidez supina iba a ser celebrada de cualquier manera. Para hacerse el gracioso, para llamar la atención. Para divertirse. Hasta como esperando un premio, una recompensa.

Una vez, de niña, estaba en la piscina de un club deportivo. Una de las nadadoras habituales del plantel de competición, una joven de unos 16 años, muy grande, obesa, decidió jugar conmigo como jugaría un tiburón con una foca bebé. Varias veces trató de ahogarme. Saltando al agua precisamente sobre mi cabeza, o directamente empujándome al fondo. Muy cerca estaba un empleado de un negocio vecino a mi casa, que miraba la escena divertido. Pero lo más aterrador, era que la "nueva" esposa de mi padre alentaba la pretendida broma.

La sensación de estarme ahogando, no la pude olvidar jamás. El recuerdo es imborrable, se repite, es una pesadilla repetida que se trata, en la transparencia, de ver la superficie salvadora cerca pero inaccesible, los reflejos, los sonidos atenuados, el agua dominando mi cuerpo y esas manos bruscas, enormes, que me sujetan, sentir otra vez la desesperación, el desconcierto. No recuerdo si alguien mas apareció en el lugar ni si intercedió por mi, tal vez fue el profesor de natación. Oigo aún las risotadas de esas dos malas mujeres, su acento tosco. Y la cara de la cuidadora de las duchas, la cara de "yo no me meto". Yo tendría unos nueve o diez años. Yo sé que había allí quien quería que muriera. La ejecutora, en algunos años, entró en la policía. Allí debe haber hecho uso y abuso de la fuerza que demostró tener. La otra, la mala mujer, siguió por la vida haciendo miserable a mucha gente. Todavía vive. Sé que vive, porque cada tanto, me acuerdo y busco información. Sé que cuando muera, voy a sentir alivio. Es terrible tener que odiar, es terrible que exista alguien a quien se le desea la muerte. Pero yo era una niña y no podía elegir. En cuanto llegué a la adultez, elegí irme lo más lejos posible, porque sabía que esa persona era capaz de cualquier cosa. Con total impunidad, amiga de los políticos del pueblo, siempre de pesada, haciendo y deshaciendo a gusto, siempre en el mismo lugar, allí estaba. Mal bicho. Hasta que se muera, una mala persona. Una desgracia para los demás. Hasta que te mueras, gélida.
D.B.
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