16.9.11

Solar de Mc Ewan, por ahora, paso

En la nota de El País Cultural, “El hombre sin atributos” de Mercedes Estramil, se encuentra una completa y docta reseña: http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/11/09/16/cultural_592897.asp?utm_source=news-elpais&utm_medium=email&utm_term=text-link&utm_content=Un%20hombre%20sin%20atributos&utm_campaign=Cultural, y también en el sitio correspondiente, donde me quieren convencer: ver en http://www.ianmcewan.com/bib/books/solar.html Yo nunca había leído a ese escritor y tenía curiosidad. Curiosidad que se me terminó en los primeros capítulos. No es que no esté bien escrito, pero el relato tan minucioso de las tribulaciones sexuales de un hombre en la cincuentena, no me interesan. El grado de detalle es tal, que oigo la voz del autor y eso tampoco no me gusta. El problema no es el autor, evidentemente, a juzgar por ventas y premios (era ése el criterio, ¿no?). El problema soy yo. Desde que aprendí a leer, me dediqué a saquear bibliotecas. La de la escuela primero, que tenia su preciado contenido en aquel viejo armario de madera con puertas de vidrio, y del que se sospechaba que también albergaba un ratón, junto con las deliciosas aspirinetas rosadas. Luego fue el turno de los libros de mi madre, después de los de mi tía abuela, para seguir con los de mis amigas y sus madres. Parece que en mi universo solo las mujeres leían. En cambio, aquel escribano que quería acostarse con mi madre, primero ofreció suculentos volúmenes, pero nunca cumplió su promesa. Se habrá arrepentido, o habrá conseguido su objetivo que luego no le interesó más, como suele suceder. Por su parte, la biblioteca del liceo, era tristísima. Sin embargo, yo lo intentaba, a pesar de las trabas burocráticas. Se veía envejecer a los libros en los estantes, casi siempre de ediciones y autores que habían sido textos obligatorios cincuenta años atrás, pero no había forma de llevárselos prestados. Cuando llegué a la biblioteca de Humanidades, me pasó algo similar. La bibliotecaria era muy celosa. Parecía siempre sobre pasada de trabajo, y yo no sabía cómo, porque nunca pude ni siquiera saber el contenido de los estantes, tal era el celo. Ni que hablar de la esquiva biblioteca nacional. En esa época fue que empezaron mis problemas más serios. Me di cuenta que no podía leer todo. Los libros me hacían morisquetas en las vitrinas de las librerías de Tristán Narvaja. Demasiado, pero demasiado inaccesibles. Y los profesores que se ufanaban de su enciclopedismo cosmopolita, recomendando autores que no llegaban al país. Ya no había tiempo para leer novelas que tan instructivas me habían resultado durante toda mi vida de lectora. No hay tiempo, es la frase de la vida adulta. Hay demasiado escrito, somos demasiados, por eso hay que elegir cuidadosamente en lo que se invierte tiempo y dinero en materia literaria. Por eso, a Mc Ewan, lo leería si yo fuera inmortal. Por ahora no, al menos. D.B.
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