24.8.11

Un dolor de cabeza



El caso más raro que se me presentó en mis años en la banca privada, fue el que me valió un ascenso y una victoria moral. Todo se lo debo a Raimundo López, y más concretamente, a la cefalea en racimos.
Los bancos tienen una política denominada “conozca a su cliente”, kyc, por sus siglas en inglés, por la cual el empleado debe recabar información sobre cada nueva cuenta, con el objetivo de asegurarse de la legitimidad de las operaciones, y por lo tanto, evitarse problemas con los organismos reguladores de la actividad financiera. Cuando Raimundo López se presentó en mi oficina queriendo abrir una cuenta que le permitiera hacer transferencias electrónicas, me dijo que lo que más le había interesando del banco era su red internacional. Nuestras oficinas en Bahamas, Miami e Isla de Man permitían una cierta comodidad operacional apenas trazable en el conjunto de las transacciones financieras, por decirlo de una manera eufemística cuando no legalmente hipócrita. Debo decir que mis colegas más jóvenes de la oficina criticaban por lo bajo mi costumbre de pasar largo rato con los clientes en conversaciones aparentemente alejadas del negocio. También se reían de mi hábito de realizar toda operación aritmética en una calculadora de escritorio, en lugar de hacer uso de la computadora. Ellos venían a estrenar sus posgrados en finanzas y pretendían ser gerentes en un año, a lo sumo. Si no lo conseguían, emigraban a la competencia en un par de años, con algunos de nuestros clientes lo suficientemente crédulos como para deslumbrarse con esos prometedores ases de las finanzas. Yo, en cambio, seguía con mis rutinas de bancario viejo. Cada operación, de las más simples como un cálculo de fechas, hasta los intereses más complejos, quedaba asentada en la cinta de papel que la vieja Casio electrónica iba escupiendo con un monótono clac-clac. Al final de día, yo recortaba las operaciones convenientemente marcadas por número de cliente, y las adjuntaba a los comprobantes diarios. Esas cintas eran mi memoria a la hora de buscar diferencias contables, o para rastrear la actividad de mis visitantes. Cuando yo me reunía por largo rato con Raimundo López, los demás hacían enviar a mi oficina café y croissants del bar de la esquina, para hacer notar a la gerencia cómo desperdiciaba el valioso tiempo de la institución. Si algún jerarca preguntaba por mí, invariablemente respondían: está reunido con el loco de los manuales. Mi cliente preferido se había ganado ese apodo secreto, cuando descubrieron que el hombre tenía una obsesión por conocer el funcionamiento de cada máquina que se atravesara en su camino. Una vez, me ayudó a reparar mi bien amada calculadora, para desazón de los otros empleados. En realidad, él había creado una empresa de su manía incontrolable. En efecto, en estos días vertiginosos, nadie lee los manuales, aunque estén ampliamente disponibles. Raimundo tenía una memoria fotográfica, por lo que conocía los detalles más mínimos de cualquier máquina. Él había montado un servicio de consultoría en línea que parecía funcionar bastante bien, a juzgar por los saldos de las cuentas en el banco. Ese negocio le permitía trabajar de manera independiente, situación ideal para alguien que sufriera de agudas cefaleas como él. Esa condición, junto con la manía obsesiva, era la herencia de su padre, el numismático Ramón López de la Higuera. Sin embargo, Raimundo siempre había vivido con su madre y sin tener contacto alguno con el progenitor, al separarse la pareja cuando él era un bebé. Doña Luisa decía amargamente que el viejo había resultado un buen coleccionista. Parece que la obsesión no solo se trataba de las monedas antiguas, si no de una amplia galería de amantes. Mientras su esposa cuidaba al bebé recién nacido, Ramón se iba por las noches en pos de su irrefrenable pasión coleccionista. Solo aparecía en la casa cuando las cefaleas lo aquejaban. Entonces se transformaba en un ser abominable. Un buen día la señora se cansó, y tiró todas las monedas por la ventana. Cambió la cerradura, y nunca más quiso oír de Ramón y los dolores de cabeza que le acompañaban. Todas esas informaciones, aparentemente sin importancia, quedaban registradas en mi memoria como detalles curiosos que hacían interesante mi trabajo, de ordinario tan monótono, junto con las consultas meramente financieras que yo dejaba asentadas en las tirillas de la calculadora.
Todo en su sitio, la lenta rutina bancaria se iba desenrollando al ritmo del reloj, para volver a cerrarse con cada fin del día. Así fue, hasta que una tarde las urracas burlonas de mis compañeros de oficina sufrieron un sobresalto. La policía quería interrogarme. Venían con instrucciones de Interpol. Con discreción, cerré las cortinas de la oficina y me dispuse a atender a los investigadores que habían sido introducidos por un gerente de rostro desencajado. Me pidieron un detalle de las transacciones de Raimundo. Les dije que la tarea me llevaría un par de días de trabajo en el archivo físico. Que sea un día, me dijeron. El gerente asintió con la cabeza y yo me puse el guardapolvo azul que protegía mi traje cuando debía internarme en el sótano a buscar comprobantes. Esa era una de las tareas ingratas que los jóvenes recién graduados esquivaban y que invariablemente terminaba en mi escritorio aunque no estuviera en mi descripción de tareas.
Las cintas de calculadora adjuntas con una grapa a cada transacción resultaron de una ayuda inestimable para la policía. Sin embargo, había algunos hechos aún inexplicables. Cotejando las transferencias con los sellos del pasaporte de Raimundo se encontró una extraña simetría. Hice notar mi observación a los investigadores, con quienes reconstruimos minuciosamente en un planisferio el mapa financiero y de viajes de mi cliente. Durante seis meses por año mi cliente viajaba, y en cada punto de escala, en el que permanecía exactamente quince días, realizaba varias operaciones de transferencia ligadas con las oficinas en zonas francas. Los restantes seis meses, Raimundo los pasaba en México, sin actividad significativa. Allí tenía un domicilio registrado en Zacatexpotl. Yo sabía que en esos seis meses, realizaba tratamientos terapéuticos contra la cefalea, con chamanes del desierto, en base a hongos alucinógenos. Mirando el mapa, noté que las ciudades que visitaba cada quince días, coincidían con un huso horario particular, claramente trazable en el mapamundi. Estuve con los investigadores mirando largo rato las líneas del extraño recorrido sin encontrar una clave. ¡Qué dolor de cabeza!, exclamó uno de los uniformados. ¡Claro, es eso! , grité entusiasmado. Cállese, por favor, me dijo el gerente malhumorado. ¡No, el ritmo circadiano!, insistí. No diga estupideces, y esta vez el gerente amagó con sacarme de la oficina. Brillante, amigo, dijo el inspector principal, sin prestarle atención. Uno de las pocas claves para la cefalea que sufría nuestro cliente estaba en la alteración de ritmos circadianos. Viajando regularmente, Raimundo contrarrestaba su padecimiento con el jet lag. Pero una vez regularizados los patrones biológicos, debía buscar un nuevo lugar que también le ofreciera la oportunidad de realizar estafas informáticas, que nutrían sus cuentas para poder pasar sus seis meses anuales en la tranquilidad del pueblito mexicano.
Cuando me dieron el ascenso, el gerente convocó a toda la oficina y dio un discurso. Rebosaba de satisfacción pensando en el jugoso bono que vendría de la casa matriz, por haber evitado una pérdida millonaria, al detectar la estafa a tiempo, antes de consolidar el balance anual. La clave de un buen trabajo bancario, dijo pomposamente, está en la minuciosidad en los detalles y en el registro sistemático, junto con el conocimiento exhaustivo de nuestros clientes. Quiero que todos tomen ejemplo de esta actuación destacada que hoy premiamos con el cargo de gerente de cuentas personales. Las urracas, muy a su pesar, tuvieron que aplaudir.
D.B.

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