6.12.11

Los gatos lo sabrán



I gatti lo sapranno

Ancora cadrà la pioggia
sui tuoi dolci selciati,
una pioggia leggera
come un alito o un passo.
Ancora la brezza e l'alba
fioriranno leggere
come sotto il tuo passo,
quando tu rientrerai.
Tra fiori e davanzali
i gatti lo sapranno.

Ci saranno altri giorni,
si saranno altre voci.
Sorriderai da sola.
I gatti lo sapranno.
Udrai parole antiche,
parole stanche e vane
come i costumi smessi
delle feste di ieri.

Farai gesti anche tu.
Risponderai parole
viso di primavera,
farai gesti anche tu.

I gatti lo sapranno,
viso di primavera;
e la pioggia leggera,
l'alba color giacinto,
che dilaniano il cuore
di chi più non ti spera,
sono il triste sorriso
che sorridi da sola.

Ci saranno altri giorni,
altre voci e risvegli.
Soffieremo nell'alba,
viso di primavera.

Cesare Pavese

5.12.11

De koi tu parles, tu?

Leo un crispado artículo de Mathieu Bock-Côté en el Journal de Montreal, ver en: http://lejournaldemontreal.canoe.ca/journaldemontreal/chroniques/mathieubockcote/archives/2011/12/20111201-091800.html
que en una parte dice:

“Expérience ordinaire. Entrez dans un commerce montréalais. Une fois sur dix, vous serez chanceux. On vous parlera français. Sinon, je vous mets au défi d'éviter l'exaspérant «hi/bonjour». Comme s'il était normal de se dédoubler linguistiquement au quotidien.
Pire: on croit nous faire un privilège en nous offrant un «buuuunjourrr». Faut-il dire merci? Et encore là, nous passons vite à l'anglais. Pour ne pas avoir l'air de ne pas le parler. Pour ne pas avoir l'air méchant. Nous avons intériorisé la contrainte du bilinguisme.
Cette manie vient avec le nouveau dialecte montréalais, mélange insupportable de français et d'anglais DANS LA MÊME PHRASE. Oh qu'ils se sentent supérieurs les petits snobinards branchés lorsqu'ils basculent d'une langue à l'autre! Vanité multiculturaliste, quand tu nous tiens.
J'ai parlé des branchés et autres variétés de hipsters. Ils sont plus inquiétants que nos bons vieux anglos finalement. Ils se caressent en se croyant ouverts à l'autre. L'Autre. Il est toujours meilleur que nous. Fascination morbide. On veut lui ressembler quitte à disparaître.”

Mi traducción es:
“Experiencia ordinaria. Entren en un comercio montrealés. Una vez de cada diez, tendrán suerte. Se les hablará en francés. Si no, yo los desafío a evitar el exasperante: hi/bonjour. Como si fuera normal de desdoblarse lingüísticamente en la vida cotidiana.
Peor: se creen que nos hacen un favor ofreciéndonos un “buuuuunjourrr” (buenos días). Hay que agradecer? Y aún así, pasamos bien rápido al inglés. Para no dar a entender que no lo hablamos. Para no parecer malos. Hemos interiorizado el límite del bilingüismo.
Esta manía del nuevo dialecto montrealés, mezcla insoportable de francés y de inglés EN LA MISMA FRASE. Ah, que se sienten superiores los pequeños esnobs a la moda cuando pasan de una lengua a la otra! Vanidad multiculturalista, si las hay.
Yo hablé de la gente a la moda y otras variedades de hipsters (oh, inglés! nota de D.B.). Esos son mucho mas inquietantes que nuestros buenos y viejos ingleses, después de todo. Ellos se auto acarician creyéndose abiertos al otro. El Otro. Este que es siempre mejor que nosotros. Fascinación mórbida. Quieren parecérsele hasta desaparecer.”

La persona que escribió esa nota es encargada de cursos en la Universidad de Quebec en Montreal. Por decir lo mínimo, diría que el autor no tiene idea del funcionamiento cerebral cuando alguien se ve confrontado a hablar dos lenguas, o tres, o sobre cómo actúa el cerebro de un ser bilingüe. No tiene idea. Los científicos que se dedican a eso, comienzan a tener algunas ideas. Por lo tanto, Bock, (que supongo que es el apellido del padre, el guión y el otro apellido vendrán por línea materna? no sé, debe ser un uso cultural del nombre, debo averiguar), habla, o peor aún, juzga sobre algo que no sabe.

Como trilingüe reciente, con algo más de tres años en Montreal, me pasa que a veces, y sin explicación, me viene a la mente y aún directamente al habla, una palabra en francés o en inglés, cuando estoy hablando la lengua que me es habitual desde que nací, el español. No se bien porqué, pero demoro un segundo o a veces más en hallar el equivalente en la lengua en la que venía hablando o pensando. A veces me parece que esa palabra extranjera aparece porque se adecua mejor a lo que quiero decir, que la del idioma original de mi discurso.

En Uruguay, donde nací, oficialmente hablamos castellano. Pero hasta en el nombre del país se cuelan algunas bellas palabras guaraníes. También, muchas veces como nota graciosa, usamos algunas pocas palabras portuguesas pedidas prestadas a nuestros musicales vecinos brasileños. He aquí, sin embargo, que a raíz del tango, tenemos en el Río de la Plata una suerte de "patois"(oh, francés), un dialecto tal vez, llamado lunfardo. Y aún más, a veces decimos alguna palabra en italiano, que nos viene seguramente de algún querido abuelo o abuela de ese origen. Por otra parte, la gente de mi generación, (X?) creció mirando televisión, y uno de los programas mas populares era el del mexicano Chavo del Ocho, por lo que hasta ahora usamos algunas célebres expresiones heredadas de los norteños. Lo hacemos naturalmente, y por opción, hasta diría que por diversión. Estos usos, son una forma de comunicación con pueblos cercanos y lejanos en el espacio y el tiempo. Es que la cultura, como la lengua, son construcciones casi orgánicas, porque evolucionan, cambian, se mueven. Como los humanos se mueven, viajan, emigran. Como las aves y tantos mas, como el polen viaja en el viento. De suerte que somos un cambiante constructo migratorio.

En mi país padecimos una dictadura, entre 1973 y 1984, que nos prohibió decir algunas palabras subversivas como “libertad”. Es una experiencia terrible tener que vivir consciente de lo que se dice y como se dice, porque puede haber espías y soplones escondidos. Se vive en una especie de paranoia de persecución insoportable. No le deseo a nadie esa experiencia, como no les deseo la guerra, ni la desigualdad, ni la violencia en todas sus formas, ni el sufrimiento. Esto no es una concepción política, es una concepción sobre la humanidad. Se trata de valores fundamentales. Vivir en paz, es un derecho humano, no es la expresión de un liberalismo político o de cualquier credo que organice una sociedad.
Eso, el senior Bock parece no entenderlo así o no le interesa. Estos pensadores auto instaurados de un raro conservadurismo (ver su página en el facebook) son sobre todo, censores del otro, pero del otro que no es como él, que habla francés, que desciende de inmigrantes franceses que llegaron a una tierra que ya estaba poblada, que es blanco?, que tiene ojos claros?, que forma parte de un nosotros muy otros, que come poutine?. Habla francés? Que me lo diga un académico francés, pero eso, francamente, no me interesa.

Por otra parte, me pregunto qué pasa cuando un profesor universitario, como es el caso de Bock en la Universidad de Quebec en Montreal, declara en una nota periodística que no le gusta nada que le digan: “buuuunjourr”. Evaluará de manera diferente, promoverá de manera diferente al alumno que diga “buuuunjourr”? Y si es así, con qué derecho? Cuales son los principios éticos que rigen la enseñanza universitaria? Yo no lo sé. Yo si sé que tuve muchos profesores en la UQAM de diferentes orígenes lingüísticos. A algunos, me costaba entenderlos, porque hablaban en un idioma francés con muchas expresiones, y sin duda, acento quebequenses. De estos profesores universitarios quebequenses, muchos insertaban palabras en inglés en el medio del discurso. Ahí es cuando mi pobre cerebro se confunde, y no sabe en qué lengua seguir el razonamiento. Pero hay que adaptarse. Tuve varios profesores de diversas regiones de África y también del Líbano, cuyo francés me resultaba hermoso de escuchar. Otros profesores, hablaban con un acento parisino, igualmente lindo de oír, y mas fácil de comprender para quien ha estudiado en la Alianza Francesa, como la mayoría de los inmigrantes recientes no francófonos, que la provincia de Quebec ha salido a buscar en diversas partes del mundo. Todos me han penalizado por mi escritura en francés, que está lejos de ser perfecta. Pero nunca sentí una molestia particular con mi acento. Tal vez no me di cuenta. Pero si bien la UQAM es por definición una universidad francófona, está abierta a estudiantes del resto de Canadá y del mundo, que buen dinero le reportan. A no ser que los puristas quieran quedarse hablando solos con el espejo, estos verán que el mundo sigue andando sin ellos. De si las pretensiones puristas son legítimas o no, por constituir una mayoría, es otro tema de discusión. No me quiero acordar ahora de los momentos horribles cuando algunos querían decidir sobre la suerte de los que no consideraban sus perfectos "iguales". Solo quiero recordar la declaración universal de los derechos humanos, donde los franceses tuvieron algo que ver.

D.B.

4.12.11

Enredos andaluces

Hendrik van Egas, apodado “el flamenco”, nació en 1455 y murió en 1534. Provenía de una familia de artistas de Bruselas, que había llegado a España a mediados del siglo XV con el fin de hacer fortuna. Se convirtió en el arquitecto preferido de los Reyes Católicos. Habiendo apenas terminado sus estudios, fue avisado por unos familiares que los reyes estaban muy disgustados con la calidad del agua que tenían para consumir. Prontamente se presentó en la corte con tres modelos innovadores para el filtrado. El Rey le pidió más detalles, por lo que unos días después la Reina, acompañada por sus damas, se trasladó a los campos vecinos para presenciar las explicaciones en el lugar de los hechos. Pero la reina no sabía que Hendrik, además de galante, era muy mujeriego. Éste, distraído por la belleza de una dama, daba explicaciones sin dejar de mirarla, paseándose entre la concurrencia de manera de acercársele, y cuando debió cruzar el camino que conducía a la fuente, no vio que un carruaje se aproximaba. El caballo, asustado por la romería de las damas, lo empujó de mala manera, yendo a caer el caballero sobre las piedras del borde. La dama que había atraído sus miradas se precipitó a atenderlo, mientras la Reina disponía que lo trasladaran al palacio. Una vez en la cámara real, se comprobó que sus heridas no eran de importancia. Sin embargo, la soberana insistió en que descansara esa noche en el lugar. Una vez a solas, la Reina le dijo que sabía que quienes ensuciaban el agua no eran otros que los familiares de Hendrik, quienes llevaban una vida licenciosa en la propiedad que cercaba el surgente acuífero. Las interminables juergas nocturnas terminaban allí al amanecer, con los asistentes borrachos en la fuente, junto con la vajilla, los animales y todo lo que hubiera en derredor. Solo hay una manera de solucionar este entuerto, le dijo la soberana, arrojándose en el lecho sobre el maltrecho flamenco. Abreviamos aquí el relato, concluyendo que así, Hendrik se ganó la estima del rey por los estrambóticos ingenios que propuso, el aprecio de la reina por sus dotes como amante, la libertad para visitar a la doncella causante de la distracción, quien luego sería su esposa, y el agradecimiento de sus familiares que pudieron continuar con sus noches árabes sin ser molestados. Numerosos y destacados monumentos y construcciones dan cuenta hasta hoy en España del favor que gozó por parte de los Reyes.
D.B.

The lonely glove season, the beginning


And so it goes... the lonely glove season has started. Nobody cares, nobody dares to keep wearing that lonely one, paralised by the loss of the companion. Just like this, silently the season has started, no promises, no premises.\\\


Se larga la temporada de los guantes solitarios. No se sabe bien si es un mensaje subliminal, un gesto dada o un acto de desesperanza ante el invierno que se aproxima. Nadie ve, nadie denuncia ni nota el momento decisivo de la caída.
Comienza la temporada, los veremos alelados al borde de las veredas nevadas, en bancos ateridos o esperando el reconocimiento que nunca llega de su otra mitad, en alguna verja de jardín. Misterios insondables de la humanidad.\\\


La saison des gants solitaires a commencée.
Nous ne savons pas s'il s'agit d'un geste de protestation, une boutade dada, ou plutôt le désespoir pure et dure pour cause de l'hiver qui s'en vient. Personne a vu, personne annonce, personne répare au moment décisif de la chute.
La saison commence, on les verra absurdes, sur les trottoirs sans âme, sur les bancs désolés ou en attendant la reconnaissance qui n'arrivera, nulle part dans un jardin de cité.\\\


D.B.

11.11.11

Habìa una vez niño, vàlgame Dios

Por suerte para muchos escritores, creo yo, los niños no son crìticos literarios. Por suerte para ellos, estàn ocupados jugando, y mayormente, tratando de ser felices, si es que los dejan. Digo por suerte para los escritores, porque si no tendrìan que enfrentarse con todas las ñoñerìas que escriben sobre "un niño que...". Este pensamiento, con aura de fastidio, me surgiò luego de intentar leer La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafòn, por cierto una novela muy bien vendida. Como desde que vivo en el norte me intereso en los escritores del frìo, tratando de hallar alguna explicaciòn a esta desmesura que es el invierno blanco, he insistido con Henning Mankell. Luego de ver varios capìtulos de la serie del inspector Wallander, ataquè con extraña persistencia Los zapatos italianos. Y hace poco, empecè Un puente a las estrellas, A Bridge to the Stars, que fue la versiòn que conseguì. Hete aquì, vaya novedad, un niño como protagonista. Pero Mankell tiene un pulso de escritor que le impide caer en facilismos. Crea y recrea climas con perfecciòn, con trazos cortos, firmes, seguros, pero que se perciben con sutileza. Sin ir màs lejos, el primer capìtulo es una linda pieza literaria. Empieza y termina con una misma misteriosa imagen: la de un perro solitario en la noche helada. Habrà que seguir leyendo, sin prejuicios, una novela sobre un niño que... D.B.

17.10.11

Frankly, my dear...

Frankly, Scarlett, you'd known better...

Juan José Saer: la ficción

La ficción segûn Juan José Saer:
"...la ficción como una antropología especulativa": http://www.literatura.org/Saer/jsTexto6.html Para quienes se desvelan con las definiciones y con las indefiniciones, he aquí una proposición de Juan José Saer. Me parece de lo màs ajustado que he leído al respecto. Pero se sabe, en literatura, como con el arte en general, conviene relajarse y, simplemente, disfrutar. D.B.

16.9.11

Solar de Mc Ewan, por ahora, paso

En la nota de El País Cultural, “El hombre sin atributos” de Mercedes Estramil, se encuentra una completa y docta reseña: http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/11/09/16/cultural_592897.asp?utm_source=news-elpais&utm_medium=email&utm_term=text-link&utm_content=Un%20hombre%20sin%20atributos&utm_campaign=Cultural, y también en el sitio correspondiente, donde me quieren convencer: ver en http://www.ianmcewan.com/bib/books/solar.html Yo nunca había leído a ese escritor y tenía curiosidad. Curiosidad que se me terminó en los primeros capítulos. No es que no esté bien escrito, pero el relato tan minucioso de las tribulaciones sexuales de un hombre en la cincuentena, no me interesan. El grado de detalle es tal, que oigo la voz del autor y eso tampoco no me gusta. El problema no es el autor, evidentemente, a juzgar por ventas y premios (era ése el criterio, ¿no?). El problema soy yo. Desde que aprendí a leer, me dediqué a saquear bibliotecas. La de la escuela primero, que tenia su preciado contenido en aquel viejo armario de madera con puertas de vidrio, y del que se sospechaba que también albergaba un ratón, junto con las deliciosas aspirinetas rosadas. Luego fue el turno de los libros de mi madre, después de los de mi tía abuela, para seguir con los de mis amigas y sus madres. Parece que en mi universo solo las mujeres leían. En cambio, aquel escribano que quería acostarse con mi madre, primero ofreció suculentos volúmenes, pero nunca cumplió su promesa. Se habrá arrepentido, o habrá conseguido su objetivo que luego no le interesó más, como suele suceder. Por su parte, la biblioteca del liceo, era tristísima. Sin embargo, yo lo intentaba, a pesar de las trabas burocráticas. Se veía envejecer a los libros en los estantes, casi siempre de ediciones y autores que habían sido textos obligatorios cincuenta años atrás, pero no había forma de llevárselos prestados. Cuando llegué a la biblioteca de Humanidades, me pasó algo similar. La bibliotecaria era muy celosa. Parecía siempre sobre pasada de trabajo, y yo no sabía cómo, porque nunca pude ni siquiera saber el contenido de los estantes, tal era el celo. Ni que hablar de la esquiva biblioteca nacional. En esa época fue que empezaron mis problemas más serios. Me di cuenta que no podía leer todo. Los libros me hacían morisquetas en las vitrinas de las librerías de Tristán Narvaja. Demasiado, pero demasiado inaccesibles. Y los profesores que se ufanaban de su enciclopedismo cosmopolita, recomendando autores que no llegaban al país. Ya no había tiempo para leer novelas que tan instructivas me habían resultado durante toda mi vida de lectora. No hay tiempo, es la frase de la vida adulta. Hay demasiado escrito, somos demasiados, por eso hay que elegir cuidadosamente en lo que se invierte tiempo y dinero en materia literaria. Por eso, a Mc Ewan, lo leería si yo fuera inmortal. Por ahora no, al menos. D.B.

24.8.11

Un dolor de cabeza



El caso más raro que se me presentó en mis años en la banca privada, fue el que me valió un ascenso y una victoria moral. Todo se lo debo a Raimundo López, y más concretamente, a la cefalea en racimos.
Los bancos tienen una política denominada “conozca a su cliente”, kyc, por sus siglas en inglés, por la cual el empleado debe recabar información sobre cada nueva cuenta, con el objetivo de asegurarse de la legitimidad de las operaciones, y por lo tanto, evitarse problemas con los organismos reguladores de la actividad financiera. Cuando Raimundo López se presentó en mi oficina queriendo abrir una cuenta que le permitiera hacer transferencias electrónicas, me dijo que lo que más le había interesando del banco era su red internacional. Nuestras oficinas en Bahamas, Miami e Isla de Man permitían una cierta comodidad operacional apenas trazable en el conjunto de las transacciones financieras, por decirlo de una manera eufemística cuando no legalmente hipócrita. Debo decir que mis colegas más jóvenes de la oficina criticaban por lo bajo mi costumbre de pasar largo rato con los clientes en conversaciones aparentemente alejadas del negocio. También se reían de mi hábito de realizar toda operación aritmética en una calculadora de escritorio, en lugar de hacer uso de la computadora. Ellos venían a estrenar sus posgrados en finanzas y pretendían ser gerentes en un año, a lo sumo. Si no lo conseguían, emigraban a la competencia en un par de años, con algunos de nuestros clientes lo suficientemente crédulos como para deslumbrarse con esos prometedores ases de las finanzas. Yo, en cambio, seguía con mis rutinas de bancario viejo. Cada operación, de las más simples como un cálculo de fechas, hasta los intereses más complejos, quedaba asentada en la cinta de papel que la vieja Casio electrónica iba escupiendo con un monótono clac-clac. Al final de día, yo recortaba las operaciones convenientemente marcadas por número de cliente, y las adjuntaba a los comprobantes diarios. Esas cintas eran mi memoria a la hora de buscar diferencias contables, o para rastrear la actividad de mis visitantes. Cuando yo me reunía por largo rato con Raimundo López, los demás hacían enviar a mi oficina café y croissants del bar de la esquina, para hacer notar a la gerencia cómo desperdiciaba el valioso tiempo de la institución. Si algún jerarca preguntaba por mí, invariablemente respondían: está reunido con el loco de los manuales. Mi cliente preferido se había ganado ese apodo secreto, cuando descubrieron que el hombre tenía una obsesión por conocer el funcionamiento de cada máquina que se atravesara en su camino. Una vez, me ayudó a reparar mi bien amada calculadora, para desazón de los otros empleados. En realidad, él había creado una empresa de su manía incontrolable. En efecto, en estos días vertiginosos, nadie lee los manuales, aunque estén ampliamente disponibles. Raimundo tenía una memoria fotográfica, por lo que conocía los detalles más mínimos de cualquier máquina. Él había montado un servicio de consultoría en línea que parecía funcionar bastante bien, a juzgar por los saldos de las cuentas en el banco. Ese negocio le permitía trabajar de manera independiente, situación ideal para alguien que sufriera de agudas cefaleas como él. Esa condición, junto con la manía obsesiva, era la herencia de su padre, el numismático Ramón López de la Higuera. Sin embargo, Raimundo siempre había vivido con su madre y sin tener contacto alguno con el progenitor, al separarse la pareja cuando él era un bebé. Doña Luisa decía amargamente que el viejo había resultado un buen coleccionista. Parece que la obsesión no solo se trataba de las monedas antiguas, si no de una amplia galería de amantes. Mientras su esposa cuidaba al bebé recién nacido, Ramón se iba por las noches en pos de su irrefrenable pasión coleccionista. Solo aparecía en la casa cuando las cefaleas lo aquejaban. Entonces se transformaba en un ser abominable. Un buen día la señora se cansó, y tiró todas las monedas por la ventana. Cambió la cerradura, y nunca más quiso oír de Ramón y los dolores de cabeza que le acompañaban. Todas esas informaciones, aparentemente sin importancia, quedaban registradas en mi memoria como detalles curiosos que hacían interesante mi trabajo, de ordinario tan monótono, junto con las consultas meramente financieras que yo dejaba asentadas en las tirillas de la calculadora.
Todo en su sitio, la lenta rutina bancaria se iba desenrollando al ritmo del reloj, para volver a cerrarse con cada fin del día. Así fue, hasta que una tarde las urracas burlonas de mis compañeros de oficina sufrieron un sobresalto. La policía quería interrogarme. Venían con instrucciones de Interpol. Con discreción, cerré las cortinas de la oficina y me dispuse a atender a los investigadores que habían sido introducidos por un gerente de rostro desencajado. Me pidieron un detalle de las transacciones de Raimundo. Les dije que la tarea me llevaría un par de días de trabajo en el archivo físico. Que sea un día, me dijeron. El gerente asintió con la cabeza y yo me puse el guardapolvo azul que protegía mi traje cuando debía internarme en el sótano a buscar comprobantes. Esa era una de las tareas ingratas que los jóvenes recién graduados esquivaban y que invariablemente terminaba en mi escritorio aunque no estuviera en mi descripción de tareas.
Las cintas de calculadora adjuntas con una grapa a cada transacción resultaron de una ayuda inestimable para la policía. Sin embargo, había algunos hechos aún inexplicables. Cotejando las transferencias con los sellos del pasaporte de Raimundo se encontró una extraña simetría. Hice notar mi observación a los investigadores, con quienes reconstruimos minuciosamente en un planisferio el mapa financiero y de viajes de mi cliente. Durante seis meses por año mi cliente viajaba, y en cada punto de escala, en el que permanecía exactamente quince días, realizaba varias operaciones de transferencia ligadas con las oficinas en zonas francas. Los restantes seis meses, Raimundo los pasaba en México, sin actividad significativa. Allí tenía un domicilio registrado en Zacatexpotl. Yo sabía que en esos seis meses, realizaba tratamientos terapéuticos contra la cefalea, con chamanes del desierto, en base a hongos alucinógenos. Mirando el mapa, noté que las ciudades que visitaba cada quince días, coincidían con un huso horario particular, claramente trazable en el mapamundi. Estuve con los investigadores mirando largo rato las líneas del extraño recorrido sin encontrar una clave. ¡Qué dolor de cabeza!, exclamó uno de los uniformados. ¡Claro, es eso! , grité entusiasmado. Cállese, por favor, me dijo el gerente malhumorado. ¡No, el ritmo circadiano!, insistí. No diga estupideces, y esta vez el gerente amagó con sacarme de la oficina. Brillante, amigo, dijo el inspector principal, sin prestarle atención. Uno de las pocas claves para la cefalea que sufría nuestro cliente estaba en la alteración de ritmos circadianos. Viajando regularmente, Raimundo contrarrestaba su padecimiento con el jet lag. Pero una vez regularizados los patrones biológicos, debía buscar un nuevo lugar que también le ofreciera la oportunidad de realizar estafas informáticas, que nutrían sus cuentas para poder pasar sus seis meses anuales en la tranquilidad del pueblito mexicano.
Cuando me dieron el ascenso, el gerente convocó a toda la oficina y dio un discurso. Rebosaba de satisfacción pensando en el jugoso bono que vendría de la casa matriz, por haber evitado una pérdida millonaria, al detectar la estafa a tiempo, antes de consolidar el balance anual. La clave de un buen trabajo bancario, dijo pomposamente, está en la minuciosidad en los detalles y en el registro sistemático, junto con el conocimiento exhaustivo de nuestros clientes. Quiero que todos tomen ejemplo de esta actuación destacada que hoy premiamos con el cargo de gerente de cuentas personales. Las urracas, muy a su pesar, tuvieron que aplaudir.
D.B.

17.7.11

Sophie Hunger, headlights



You told your tales with pictures
I tried to make it seem good
I borrowed the heart of a preacher
And believed as hard as I could

You don't know how much I worked there
You don't know the risk I took

You hardly, hardly saw me
Behind the mirror round my neck

Refrain:
Caught in your Headlights
I had to close my eyes
Caught in your Headlights
I had so little time
Caught in your Headlights
I couldn't turn back
I was never myself
I was you
I forgot

You sold your smiles untroubled
Your light was on every face
You were too young to know that it mattered
That every time someone must pay

I bought your every word then
I didn't have my side
I was too old to learn my first lesson
So I dance with tied hands in mind.

http://www.youtube.com/watch?v=3oYjSssFw8Q

15.5.11

Of Trees and Volcanos



A common landscape in Iceland includes sharpened rocks product of volcanic activity. In between, the moss conquers every possible space.
Among the varieties that survive the strange sulphuric environment there are: Birchs, Sycamores, Smith's willows, European larch, Grey alder, Swedish and Finnish whitebeam, Grey alder, Alpine laburnum, Wych elm, Stika spruce, and of course, Mountain ash.

10.4.11

El libro no leîdo (dis-buc-is-main)

A propôsito de: http://www.ledevoir.com/culture/livres/311117/theatre-les-estis-d-intellectuels

Porque este es mi? blog y digo (escribo) lo que se me canta (escribe), no voy a decir quién, ni dônde, ni cuândo, pero alguien con ansiedad catalogadora dijo por ahî ciertas cosas sobre los libreros y sobre alguna gente que compra libros. Que si la persona que compra libros pero no los lee, si no que los colecciona, serîa un retentor anal. Que si trulalà et trulilî (porque asi suena en francés el texto susodicho (susoleîdo?)). Digo: Qué manera escatolôgica de odiar al pedo (ups)! Si hay algûn retentor anal malintencionado, avaro de su excremento, ése serîa el susodicho (susoescrito susoleîdo), porque sôlo quien avaramente colecciona se preocupa de etiquetar como actividad fundamental en su universo controlador. Claro està, desde ahora yo también catalogo y en particular, yo catalogo al catalogador de compradores de libros, pero yo no retengo, que conste. No retengo ni su nombre, lleno de complicaciones. Para qué! Dejar ir, dejar ir, decîa el profesor de yoga en su infinita sabidurîa. La gente que hace yoga, dicho sea de paso, no retiene los aires. Para qué? Si cuanto mâs se acumula, màs dolorosa se hace la despedida...

Hoy de mañana el enorme salòn principal del Victoria Hall de Westmount estaba atiborrado de libros. Largas mesas genèricamente catalogadas ofrecìan miles de libros descartados de las egregias estanterîas de la egregia biblioteca pùblica del egregio barrio de Westmount. Serìa algo asì como el salòn de los rechazados. Como la sabidurìa popular de descartar libros no es sabidurìa, porque sino no serìa popular, decidì incursionar entre las mesas llenas de manjares librescos. La primera mesa que me interesò decìa: libros de referencia. Ideal para una que anda perdida por la vida, desnorteada en el mismo norte, sin brùjula y sin mapa. Allì nomàs veo un libro interesante, y lo tomo. Para què! Un señor ancho me dice: this book is mine. And the table is big, casi le contesto. Como yo ando desnorteada, no me habìa dado cuenta que habìa tomado un libro de adentro de un canasto de plàstico, como los de supermercado. Para què le iba a discutir entonces a ese señor, educado en el individulista imperio norteamericano, sobre el derecho de las masas a la educaciòn. O a la referencia. El libro de marras prometìa enseñar a escribir mejor en inglès. El señor ancho era local, estaba claro por su aspecto y por su acento al decir "thisbookismine", asì que para què corno querìa el libro si evidentemente èl ya sabìa decir correctamente "this-book-is-mine" con los dientes bien apretaditos como corresponde. Allà èl y sus retenciones, entonces. Me dejo ir, me dejo ir. Ommmmm.
Pierdo un turno sin jugar, casilla (mesa) siguiente. History decìa el cartelito. Y allì nomàs una señora con algo de history encima, me cierra el paso, con uno de esos andadores como mesita de t.v. antigua. Chiquitita, arrugadita, lenta, asì y todo, tenìa ella todo el derecho del mundo a su lentitud. Que ya me va a llegar al dìa, y por lo visto hasta ahora, màs ràpido de lo que parece, gracias a la fibromialgia. Busco un rincòn despejado, allà, entre los libros de viajes. Una jovenzuela osada toma un libro y yo oigo otra vez: "thisbookismine". IU SI?? le digo al señor ancho. You should put your basket on the floor so the people don t get confused, recalcado idiota. Oh, it doesn t bother! dice el muy nabo. A èl no le molestarà, pero al resto de los viandantes no le debe hacer mucha gracia discutir con èl sobre las bondades de la propiedad colectiva por sobre el odioso yo-lo-vì-primero de los canadienses. Huyo, retrocediendo dos casilleros hacia la solitaria mesa de "foreign languages", con la esperanza de encontrar algo en español. Sòlo un desgraciado libro infantil. Todo lo demàs, en alemàn, lengua que mucho, mucho, no domino. Si al menos encontrara algo de Celan, me dije ilusa. Nein. Pero Hôlderlin, sì. Casi, casi me lo llevo, pero no, que seguro està gratuito y livianito en internet. Para què retener libros al pedo! Otras opciones incluìan a Joyce en italiano. Noppo. Y allì es que la señora del andador, cortando el paso en el pasillo principal, me sonrìe en el extremo de la mesa y me pregunta sobre los còdigos de los precios. Excuse, me! No era otro que el ancho canadiense tratando de pasar. Y yo lo miro con cara de tremendo-tarado-porquè no das la vuelta y de paso caminàs un poco y bajas la buzarda, no ves que la señora tiene poca movilidad? Algo de la hermosa conciencia canadiense del otro se iluminò en su cerebro, porque dijo sorry, y desapareciò. El redondel celeste es un dòlar, le digo a la señora, señalando su libro celeste. Pero èste no tiene el redondel celeste, me dice. Sì, aquì, le muestro con mi mejor aire de maestra de primer grado.Claro, le digo, queda disimulado por el color de la cobertura, igual que èste otro, y le muestro un libro verde con un redondel amarillo. Y allì nomàs me evado hacia el rincòn de ciencia ficciòn, donde ilusa, espero el milagro de un libro de Gibson, ahì, perdido entre los millones de Stephen Kings. Nada, la colecciòn Thor y nada màs. Bueno bueno, vayamos a ver Teatro y Poesìa, que en el Victoria Hall los pusieron juntos, porque lo que es en la vida real, aparentemente se odian porque nunca nunca se los ve juntos. El ùnico teatro allì y en todos lados, es el de Shakespeare, lo entiendo, lo comparto, pero tambièn es accesible en formato inmaterial. Para què retener? Y Poesìa, bien gracias. Una señora de la comisiòn, compasiva como sòlo puede serlo una señora de la comisiòn, me acerca algunos màs, y me dice: no hay mucho teatro aquì, eh? Not really, le digo, esperanzada. Por allì el milagro, entreverado un early Robert Frost. Pero lo dejo y me voy. Sobrevuelo la ficciòn, ya no me tienta. Tantos y tantos libros de costosas coloridas tapas sin mucho contenido interesante para mì, què pena. Sin tiempo para la ficciòn,pero si para la filosofìa, descubro con horror que la comisiòn considera filosofìa ciertos libros de una para-sicologìa sospechosa. Si veo a Castaneda aquì, grito, lo juro. Pero, tolerancia, dejar ir, ommmmm. Science, ùltima mesa, ùltimo intento. David Suzuki? No gracias. Por allà encuentro perdido pequeñito y a salvo de thisbookismine un catàlogo de aves de Norteamèrica. Dejad a las aves venir a mì, otras que no retienen, y encima se dice que es de buena suerte recibir el producto de su falta de retenciòn en el medio del marote. Y me voy, me voy volando con mis aves, flyyy birrd, black bird, sin retener, sin retener. Dejo todo el terreno libre a los coleccionistas estreñidos, a disbucismain.
D.B.
si, problemas con los acentos, teclados...

7.4.11

Boston y la historia



Atardecer de fin de marzo en Boston. Foto: D.B.

La vista desde un piso 16 de la calle Tremont es muy interesante. El rîo se ve a lo lejos, y màs cerca brilla el domo dorado que corona la zona del parque Boston Common. Al nivel de la calle, encerrado entre edificios, silencioso, se encuentra un antiguo cementerio, el Granary Burying Ground, donde algunas làpidas recuerdan a participantes en la revoluciôn contra los ingleses. También descansan allî los restos de 5 victimas de la Masacre de Boston, ocurrida en 1770, acontecimiento que la ciudad, o su memoria histôrica, se encarga de recordar.
D.B.

22.3.11

El caballo, la ley y el orden



El caballo, en una asociaciòn no siempre simpàtica.

Los agentes esperan la orden de actuar si los disturbios se desatan en la calle St. Catherine, despuès del desfile de San Patricio. La cerveza y el whisky han animado a muchos desde temprano en la frìa mañana, y en algùn momento los efectos se empiezan a sentir. Un helicòptero a mediana altura apoya la operaciòn. Las numerosas familias dejaràn el lugar dentro de poco y la zona se transformarà en terreno para los fiesteros, en su mayorìa jòvenes. Las cosas pueden ponerse complicadas para algunas chicas que en grupo desafìan a los envalentonados arremolinados en grupos.
Màs temprano, el cielo azul habìa servido de pista a dos aviones de guerra que pasaron en repetidas ocasiones sobre la ciudad, entre vìtores de los asistentes. Estàn calentando los motores para irse a Libia, comentò un fotògrafo con ironìa.
D.B.

St. Patrick's Parade, 187 celebraciones



San Patricio en Montreal, 187 años de historia.

16.3.11

The Lincoln Lawyer



El abogado del Lincoln (en mis lares sería: el abogado del colachata, en lunfardo rioplatense) es Matthew McConaughey. Su ex esposa es Marisa Tomei y entre sus colaboradores están William H. Macy y John Leguizamo. La película tiene entonces un elenco interesante, y una buena historia de intriga policial. Aquí no hay glamour, se trata de un abogado criminalista de Chicago de estilo callejero, que tiene su oficina en el susodicho (y demasiado clásico) automóvil, y cuyo único lujo es el de contar con un chofer.
La fascinación por historias de abogados y policías es propia de la pantalla chica, pero también de unas cuantas viejas buenas películas. Ésta cinta en particular tal vez no haga historia, pero es sumamente entretenida para quien se interesa en el género, y además tiene algunos simples y efectivos toques de humor. No por nada el autor del libro, Michael Connally, se dice fuertemente inspirado en Raymond Chandler.
No tiene espectacularidad de efectos, lo cual al menos yo, agradezco. La fotografía no se destaca ni destaca a la ciudad de Chicago, salvo en algunos de sus no muy estéticos aspectos urbanos.
En el sitio de la película en la red se ofrecen algunos capítulos del libro original. Confieso que su lectura me resultó atrapante, sensación libresca que hace años que no experimentaba, porque sencillamente las novelas policiales las dejé en el ultimo estante de la biblioteca de la adolescencia. Después de haber visto el film, me animaría a leer el libro en un largo viaje de avión por ejemplo, para descubrir los detalles dejados de lado. Pero no es Wallander. En resumen, yo le daría un puntaje de tres sobre un máximo de cinco.
D.B.

20.2.11

Salamander



Salamander

born in the sun-kissed flame.
Who was it lit your candle
branded you with your name?
I see you walking by my window
in your Kensington haze.
Salamander, burn for me
and I'll burn for you.

(Jethro Tull)

Leonardo da Vinci, in his "Scritti Letterari, Bestiario":
"39. SALAMANDRA: questa non ha membra passive, e non si cure d'altro cibo che di foco e spesso in quello rinnova la sua scorza. La salamandra nel foco raffina la sua scorza: per la virtù."

15.2.11

Y el viento sur?


phÑ The Pillow Book.

Ahora que estoy al reparo, toda llena de letras sin escribir, me pregunto por el viento sur. Adònde se habrà ido, tan temido, tan implacable? No se habrà cansado, seguro que no, de la arena y del agua, agua màs que mojada en sal, màs pesada que la misma humedad. No se habrà cansado del grito de las gaviotas hambrientas, ni de los caminantes enloquecidos que salen por la rambla a remar sus penas, no. No se habrà cansado de cargar con la culpa ajena del gris de la ciudad, no. Cansado de entrometerse, cansado de cantar sin variar de partitura?
D.B.

9.2.11

Enero perdido



Enero se fue. No publiqué nada. Es un signo de un mes hecho para mirar el invierno por la ventana. El sol fue una entelequia en la grisura, y cuando quiso atisbar entre la bruma del smog ciudadano, no pudo hacerse paso. Enero es... dìas grises que se acumulan, como la nieve. Què hacer? Angustiarse por el quehacer, por lo por hacer, o por el no hacer? Sobrevivir, sobrevivir como se pueda. Esperando tras la ventana a que el tiempo pase.
Nunca me gustò enero. Cuando vivìa en el sur, nunca me estaba permitido tomarme vacaciones en ese mes. El verano, y particularmente ese mes, era el privilegio de unos pocos en las oficinas, y siempre los mismos. Un verano, un enero en las tòrridas calles de la Ciudad Vieja de Montevideo no es el mejor prospecto. Enero tiene treinta y un largos dìas. En el sur, da la esperanza de llegar a casa con luz luego del trabajo. En el norte, no da esperanza de claridad alguna. A las 16:30 la luz es mortecina. Què se puede hacer entonces, sino sobrevivir, tras una ventana?
D.B.
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