5.9.10

Ground zero



Esa mañana de fin de agosto amaneciò calurosa y hùmeda en Nueva York, como las anteriores y las siguientes. Temprano para mì, porque eran pasadas las 8, fui a tomar el primer cafè por la 5ta. avenida y la calle 32. La persona que me atiende es de origen latinoamericano. No sonrìe mucho, sabe que le espera un dìa largo de tratar de atender ràpidamente a cientos de personas. Alrededor mìo, oigo conversaciones en inglès o en español mayormente. En las mesitas, la gente apura un cafè hirviendo a pesar del calor. Otros, se lo llevan para la oficina. Veo chicas jòvenes y no tanto en flip-flops y llevando una bolsita con los zapatos, muchas cargando computadoras, portafolios con papeles. Vendràn de Brooklyn, o de Queens en el metro chirriante o quièn sabe de dònde. Un señor alto, con cara de sueño, no se resiste a un croissant en una mesa contigüa y se queda un ratito màs a disfrutar del aire acondicionado.
Cada vez son màs los transeùntes en las veredas soleadas, con un ritmo constante pero no frenètico. Con mi lentitud provinciana desayuno cerca de la ventana, mientras veo pasar la gente. Un pensamiento me inquieta: Y si hubiera sido una mañana como èsta, gente como èsta, gente como yo?

Fue en septiembre y fue esa misma gente que iba a trabajar, como tantos. Como yo, como vos, enredados en lo cotidiano y sin mayor poder de decisiòn como para hacerle daño a nadie.
D.B.

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