20.7.10

Ritos de pasaje y heavy metal




Arnold Van Gennep, fundador de la etnología moderna francesa, trató el tema de los ritos de pasaje. Aburridos antropólogos ingleses, de pronto envidiosos, lo atacaron diciendo que sus teorías eran pura intuición y que no tenían nada de científico, comparándolo con Frazer, el exagerado de la Rama Dorada. A mí me parecen interesantes sus ideas. Por ejemplo, eso de que el ritual puede dar la idea de que no se progresa, en su aparentemente monótona repetición. Pero esto, la aparente monotonía, sería sólo una impresión que nos hace bien experimentar para suavizar el efecto de "drama social" que contienen los rituales.

En estos días estoy sufriendo una dosis masiva de heavy metal. En formato de películas, remeras y presentaciones de bandas legendarias o casi. Primero, fui a ver a Metallica. Muy rico todo, ellos y su ajustada ejecución. ¿Dije ejecución? Bueno, había unos ataúdes colgando en el centro de la pista del Bell Center. Y se movían solos y todo. Ellos, con su estudiado estilo de rocker no tan desprolijo, que hasta se permiten trabajo de gimnasio para mostrar bíceps, trabajando con algo de exceso la mas que necesaria musculatura que será capaz de sostener el peso de un bajo. Nadie le ha dicho a James Hetfield, sin embargo, que un ajustado pantalón de cuero negro no es para cualquiera, y menos a su edad. Es triste. En fin, ese fue el perfecto kitsch con estética de spa que nos dejó Metallica.

Luego vinieron o yo fui a ver a los Scorpions, sombras nada más, un grupo de señores grandes en su probable última gira. Estuvo bien, yo qué sé. Encendedores y todo con "Winds of change". Bandera alemana en la batería, propiedad de un señor algo provecto. Videos y más videos de un pasado cuasi glorioso. Arengando a la multitud como si de monos se tratase, tirando púas plásticas de guitarra y palos de batería. Todo bien. Capítulo cerrado.

Iron Maiden, por su parte, también en el Bell Center, vino a buscar algo para sus golden years o para pagar el combustible del avión 757 que tienen. Ellos, como siempre, se muestran jugando con el diablo, otra estética pasada de moda. El diablo no es lo que era. Sobre todo luego de que los políticos se han encargado del rol con tanta solvencia. No sólo la democracia se devalûa, también Satanás. Bueno, que había alguien en la batería, pero jamás salió de su cueva. Ni para saludar. Bueno si, al final de todo salió del cubículo, en zapatillas. Luego, mirando el documental Flight 666 cómodamente instalada en Metrópolis, me enteré de que él siempre está descalzo. Y de que juega al golf siempre que puede. Es todo un lord. Casi todos los son, resecos lords ingleses de pelo largo, menos Bruce, que se conserva bonito como piloto de avión que es. Debe ser porque es una especie de azafato. En fin, que la escenografía era horrorosa. Creo que era un contenedor alargado con algunas letras tipo construcción militar. Después me di cuenta de que era un refrito de la gira anterior, sacándole el decorado egipcio. Más arriba y al fondo, había una buena pantalla para mostrar más glorias pasadas en formato de dibujos de comic. Fue una pena, por Dream Theater. Era la banda que abría. ¿Cómo? Si. No sé, de pronto les resulta cómodo que los vejetes se rompan el... la rima, y los paseen en el Ed Force One 666, mientras ellos abren con unos seis temas, y mientras, los jovenzuelos preparan un disco nuevo. Money, Money. El sonido era malo, tal vez pre ecualizado para los Iron solamente, pero Dream Theater es un grupo del carajo. Yo quería más, varios de entre los espectadores, los más vetes, queríamos más. Otra vez será, con ellos solitos, espero. Luego empezaron a llegar algunos miles más, mayormente juveniles. El pequeño Bruce Dickinson de aquí para allá. Y bueno, yo esperando que terminaran para irme, mientras iba por la tercera coca y la segunda cerveza. El recinto explotaba, y mi vejiga, casi que también.

Por ese entonces, en el marco del festival de cine Fantasía, se presentó el documental "Lemmy", sobre el líder de Motorheäd, Ian Kilmister. Patetismo, soledad, autodestrucción, drogas, alcohol. Ah, y groupies enceguecidas o pagas, yo que sé. Un compendio perfecto para hacer de él la leyenda viva del hard rock. Un señor grande, sesenta y pico que se tiñe las largas mechas que le quedan y debe tomar varias pastillas para la diabetes tipo II que se le presentó hace unos años. Pero él sigue, incólume con su Speed con coca-cola. En sus ratos libres colecciona memorabilia de la segunda guerra, va a que lo paseen en tanque, disfrazado de oficial nazi, o juega horas y horas como enajenado en las maquinitas del bar Atlantic de Los Angeles, bien cerca de donde vive, solo.

Para cerrar el tour de escenarios, fui a ver a Alice Cooper en el Montréal Heavy MetalFest. Otra decepción. Su estilo performatico me resultó payasesco, con sus extras tipo muñeca Pancha de las que me hacía mi madre cuando yo era chica. La banda que lo acompaña es un grupo de chicos bien jóvenes. De pronto, un músico viejo, experimentado, no quiere ya quemarse con esa parafernalia semi-teatral. La enorme variedad de jovenzuelos asistentes parecía disfrutar y algunos conocían todas las letras. Bien por ellos. Bien que ni bien terminó Alice, se abalanzaron hacia el otro escenario adyacente, donde los Megadeth empezaban a tocar y a agitar sus cabelleras ochentosas. Pero yo me puse a buen resguardo de la horda, vale decir, huí. Ni el Jaegermeister ni los panchos tostaditos de los puestos de la vuelta, ni la tienda de souvenirs me hubieran hecho regresar al día siguiente para ver a Rob Zombie. ¡Ah, amo el jazz! Cuando llegué estaba Alain Toussaint en la tele, en PBS. Me pareció maravilloso.

Creo haber cumplido con el (para mí) tardío ritual de pasaje de enterrar algunos de mis pesados intereses musicales de la adolescencia. Que por algo una adolescía. Adolescía de mal gusto, yo que sé. Que cada cosa tiene su tiempo es, más que un lugar común, un saber que llega con los años.
D.B.

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