2.1.10

El desierto interior


Caminábamos juntos hablando de cualquier cosa o de casi nada, que era mejor que el silencio. Yo creía que tapando la despedida de banalidades la haría menos dolorosa. Allá se iba él y su espacio de libertad, allí me quedaba yo y mi abrigo ajado. Una vez más me dijo adiós desde la ventana del ómnibus. No dolía tanto que se hubiera ido, porque yo aún tenía el libro por leer, y el aura. Me creí anestesiada, y así crucé la calle hacia la librería. El librero hablaba por teléfono en francés, quién sabe porqué. Un vendedor gris se acercó y creo que me preguntó qué quería. Yo le pedí el libro de arena, pero no me entendió una sola palabra. El otro me habrá visto brillar, tal vez por eso dijo au revoir, y se acercó. "No, creo que no me queda", dijo, como revolviendo entre verdura los libros polvorientos. Me dio pena por ellos, y quise limpiarlos. "Aquí está", le dije triunfante. Yo aún era inocente en ese entonces, así que no me daba cuenta de que no quería vendérmelo. Torció el bigote pretencioso, se estiró el chaleco y me pidió una suma ridícula. Le di lo que pedía, le hablé en francés, pero el empleado gris decía que no, que no podía aceptar el dinero de la reina. Saqué las monedas de oro y no tuvo más argumentos. Me acerqué a pagar a un mostrador muy alto, tan alto que el empleado gris se perdía detrás. Pude ver, sin embargo que quiso cambiarme el libro, que en la bolsa había puesto otro. "No es ése" le dije, y alzando el brazo pude alcanzarlo hasta donde lo había escondido. Ellos se quedaron paralizados, entre atónitos y enojados. Todavía bajo el efecto de la anestesia, yo no me daba cuenta de casi nada o en todo caso no me importaba. Me fui radiante, sin tampoco darme cuenta de que iba dejando un rastro de arena por el camino. Busqué mis maletas y me fui al aeropuerto. Ya tenía lo que había ido a buscar. El avión carreteó varias veces, amagando el despegue, pero algo lo detenía cada vez. Por fin, en lo que pareció un gran esfuerzo final, levantó vuelo. Miré por última vez la plaza que ahora parecía tan redonda, tan chica, y el arco amarillo de la playa. Lloré sin ninguna verguenza cuando dije adiós aún mirando hacia el mar en un ángulo imposible. Era tiempo de ver el libro. Estaba muy pesado, parecía más grande. Lo abrí al final y a la mitad. Estaba hueco, y allí había un cuchillo. Ojalá me hubiera matado entonces, porque desde entonces, voy dejando un reguero de arena por donde paso. Perdí el aura, ya no brillo. Sólo estoy seca, cada vez más seca, más seca que el desierto más desierto.
D.B.

4 comentarios:

  1. Me gustó el cuento porque plantea muchas preguntas y no da muchas respuestas. El desierto interior es el que no ocupa el aura, el vacío que no debe crecer si queremos seguir brillando. Pero es también el desierto de un libro, un lugar del cual no se puede salir, un lugar que siempre cambia, donde nos gusta perdernos de tanto en tanto, para volver de a poco a la vida, aunque encontremos cerca del sillón, donde hemos estado leyendo, algunos gramos de arena.
    Un abrazo,
    Nico
    Me tomo el atrevimiento de agragarte a mis contactos para que otros te lean.

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  2. Gracias, Nicolas. Me encanto tu comentario. Me gusta escribir de esa manera, dejar muchas puertas abiertas para que el lector juegue, haga su propio cuento, piense.
    Bienvenido!

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  3. Pues lo lograste! ME HICISTE PENSAR...

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  4. Dafne, el cuento es impecable. Felicitaciones!! Ojala que sea todo producto de tu imaginacion...

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