29.1.10

Nicolas Baier en la Galería Nacional de Ottawa



Nicolas Baier: Pareidolias

12 FEBRUARY – 24 APRIL

Since the early 1990s, Montreal artist Nicolas Baier has been challenging photographic convention with his elaborately constructed digital imagery. This intriguingly titled exhibition features a selection of large photographic works that represent the artist’s most recent production. The word “pareidolia” refers to the practice of ascribing an image, a meaning or a name to phenomena despite the absence of any true correlation; for instance, the game of transforming clouds into other objects. It is a way of looking at things that opens the mind and extends the imagination. With the works in the exhibition, Baier invites us all to play along.

Organized by the Musée régional de Rimouski, the Museum of Contemporary Canadian Art, the Musée national des beaux-arts du Québec, and circulated by the Canadian Museum of Contemporary Photography.

Presented by Pratt & Whitney Canada

Catalogue available

Image: Nicolas Baier, Vanitas (detail), 2007–2008. Canadian Museum of Contemporary Photography, Ottawa

5.1.10

Jane Campion y John Keats


Extraordinaria combinación, la sutileza de dos relatos poéticos diferentes.

"Bright star" de Jane Campion (USA/Grande-Bretagne, 1H59) avec Abbie Cornish, Ben Whishaw, Paul Schneider -
La Néo-Zélandaise Jane Campion raconte avec subtilité et sensualité les délicates amours du poète romantique John Keats dans "Bright Star", qui sort mercredi en salles après avoir été en compétition au dernier Festival de Cannes. Ce film, au titre emprunté à un poème de l'écrivain britannique (1795-1821), évoque les amours chastes et passionnées entre celui-ci et la fiancée qu'il n'aura pu épouser, terrassé par la tuberculose à 25 ans. Jane Campion, la seule femme à avoir jamais remporté une Palme d'or, en 1993 avec "La leçon de piano", s'est inspirée au plan formel des "ballades" écrites par Keats pour relater son idylle avec Fanny Brawne.

Habrá que verla, en inglés, claro.


2.1.10

El desierto interior


Caminábamos juntos hablando de cualquier cosa o de casi nada, que era mejor que el silencio. Yo creía que tapando la despedida de banalidades la haría menos dolorosa. Allá se iba él y su espacio de libertad, allí me quedaba yo y mi abrigo ajado. Una vez más me dijo adiós desde la ventana del ómnibus. No dolía tanto que se hubiera ido, porque yo aún tenía el libro por leer, y el aura. Me creí anestesiada, y así crucé la calle hacia la librería. El librero hablaba por teléfono en francés, quién sabe porqué. Un vendedor gris se acercó y creo que me preguntó qué quería. Yo le pedí el libro de arena, pero no me entendió una sola palabra. El otro me habrá visto brillar, tal vez por eso dijo au revoir, y se acercó. "No, creo que no me queda", dijo, como revolviendo entre verdura los libros polvorientos. Me dio pena por ellos, y quise limpiarlos. "Aquí está", le dije triunfante. Yo aún era inocente en ese entonces, así que no me daba cuenta de que no quería vendérmelo. Torció el bigote pretencioso, se estiró el chaleco y me pidió una suma ridícula. Le di lo que pedía, le hablé en francés, pero el empleado gris decía que no, que no podía aceptar el dinero de la reina. Saqué las monedas de oro y no tuvo más argumentos. Me acerqué a pagar a un mostrador muy alto, tan alto que el empleado gris se perdía detrás. Pude ver, sin embargo que quiso cambiarme el libro, que en la bolsa había puesto otro. "No es ése" le dije, y alzando el brazo pude alcanzarlo hasta donde lo había escondido. Ellos se quedaron paralizados, entre atónitos y enojados. Todavía bajo el efecto de la anestesia, yo no me daba cuenta de casi nada o en todo caso no me importaba. Me fui radiante, sin tampoco darme cuenta de que iba dejando un rastro de arena por el camino. Busqué mis maletas y me fui al aeropuerto. Ya tenía lo que había ido a buscar. El avión carreteó varias veces, amagando el despegue, pero algo lo detenía cada vez. Por fin, en lo que pareció un gran esfuerzo final, levantó vuelo. Miré por última vez la plaza que ahora parecía tan redonda, tan chica, y el arco amarillo de la playa. Lloré sin ninguna verguenza cuando dije adiós aún mirando hacia el mar en un ángulo imposible. Era tiempo de ver el libro. Estaba muy pesado, parecía más grande. Lo abrí al final y a la mitad. Estaba hueco, y allí había un cuchillo. Ojalá me hubiera matado entonces, porque desde entonces, voy dejando un reguero de arena por donde paso. Perdí el aura, ya no brillo. Sólo estoy seca, cada vez más seca, más seca que el desierto más desierto.
D.B.

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