2.11.08

Filosofía para consumir



Metáforas líquidas
No es extraño que, en una época marcada por el consumismo donde el 99% de las culturas se basan en el consumo como mecanismo económico y la economía está configurada como motor de la historia, la filosofía se haya transformado en un objeto más. Se ponen "de moda", en esta "modernidad" donde ser "moderno" es una característica deseable y positiva, los filósofos , o ensayistas con pretensiones filosóficas, que explican de la manera más fácil de entender que sea posible, ya ni siquiera maniquea, este funcionamiento social supraeconomicista, si se me permite esa palabra. Sloterdijk usó la forma de la esfera como mecanismo metafórico y con bastante éxito. Bauman encontró un adjetivo felicísimo para la expansión de sus proposiciones: líquido. La característica acuosa, liviana e inasible, le ha servido para hablar de la modernidad, del estado actual de las relaciones amorosas y más. Ya no hay una profundidad digna de Heráclito o del Tao Te Ching en esa metáfora. Esa terminología es fácil, liviana como el agua. Muchos operadores culturales, sean periodistas, artistas, directores de museos, la consumen para sus desarrollos más o menos teóricos o justificaciones.
Sigue surgiendo cada tanto algún épateur de bourgeois, como un Onfray, y algún que otro escritor con pretensiones seudo nihilistas, y venden, cómo venden.
Sostengo atrevidamente, casi por intuición, que Hegel ya explicó TODO, que su trabajo fue la cumbre de la filosofía. Luego vinieron quienes lo entendieron mejor, Marx en cuanto al funcionamiento social por ejemplo, y quienes, la gran mayoría, no lo entendieron en absoluto. Quienes no lo entendieron, o entendieron pero quisieron manipular la filosofía, siguieron el rumbo de un pensamiento facilista, y en ese pantanal estamos. Habrá que esperar un próximo genio, un genio iluminado que devele todos los misterios?

La moda milenarista
Numerosos pensadores apocalípticos también trabajan, producen y venden con la idea de demostrar que estamos en una época de fin de todo lo conocido. Es el fin de la historia, con Fukuyama como proponente y muchos otros finalistas más. Hegel habló del fin del arte, pero no en el sentido que se entiende hoy para explicar la supuesta debacle del arte contemporáneo. Se actúa y se piensa como si la época actual fuera imprescindible y contundente, mesiánicamente encargada de explicar todo y darle un punto final a la historia. Tal vez sea una soberbia derivada de los rápidos, pasmosos avances tecnológicos. Hoy cuesta aceptar que seremos un parpadeo más en el devenir, apenas un resplandor lejano de una estrella ya extinguida, una capa más del sedimento. Las leyes de la física están a disposición hace ya un tiempo interesante, pero preferimos soslayarlas. Los filósofos actuales se han vuelto, en su mayoría, absolutamente funcionales al sistema, sea en contra o a favor del statu quo, eso no importa demasiado. Son funcionales, porque teniendo un enorme bagaje a su favor de siglos de pensamiento, utilizan esa sabiduría para explicar, en lugar de proponer. Y esas explicaciones, que llegarán a más gente que nunca en la historia de la humanidad, también se han vuelto más accesibles conceptualmente. No es que ésto último sea malo, pero resulta muy conveniente para el mercadeo. Es probable que con tanta agitación entre nihilista e inclusiva, sólo se esté preparando para el futuro una síntesis interesante.

Buscando culpables
Tal vez el principio del malententido fue hablar de vanguardias para etiquetar el arte, como si hubieran configurado la ruptura definitiva con el pasado. Se confundió la ética con la estética. Luego hubo que ser sucesivamente moderno, posmoderno, tardomoderno. En todo caso, necesitamos explicarnos. Como antes se recurría a los astrólogos, precisamos también hoy que nos digan cómo somos y qué nos puede pasar. Todo está dicho en las estrellas, pero no queremos verlo.
Se afanan en estudios sesudos la antroplogía social, la sicología social, la sociología general y de las organizaciones, pero el consumismo lleva el germen de la disconformidad. Entonces no existe porque no se deja existir a la posibilidad de la verdad casi absoluta, porque no obtendremos satisfacción, se demuestre lo que se demuestre, no es dable obtenerla según los parámetros actuales. Las fuerzas del mercado lucran con esa confusión entre ética y estética. El demonio del inconformismo, que pudo y puede ser el origen de los cambios sociales, busca atajos. Las religiones siguen siendo uno de ellos, pero más que en atajo, se convirtieron en una brecha divisoria inamovible de la humanidad. El mercado tampoco nos une, aunque tenga aspiraciones uniformizadoras, porque lleva el germen del individualismo inconformista.
El ágora ha sido desechada hace demasiado tiempo, aunque más no sea como ejercicio mental. Desapareció, de tal manera que no sería posible echar a los farsantes del ruedo, como Jesús hizo con los mercaderes en el templo. Tampoco es cierto que la poética haya sustituido a la retórica. No son comparables como para que opere esa propiedad. Casi nadie tiene tiempo ni interés en compartir, escuchar, debatir y proponer.
Tal vez la próxima síntesis sea muy dolorosa, más que nunca. Los ciclos, el tiempo, no se detienen por nada ni por nadie. Menos que menos por una expresión del deseo de vida eterna.
D.B.

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