6.10.08

El tigre azul del Éufrates




Laurent Gaudé retrace dans cette pièce le voyage du plus grand conquérant de l’Histoire, Alexandre le Grand, parti de Grèce pour arriver en Inde. Un comédien et une percussionniste, venue de cette Asie qui a toujours fasciné Alexandre le Grand, nous guident dans cette aventure épique.
Fondé en 1976, le Théâtre Les Ateliers défend le théâtre contemporain et s’attache à découvrir sans cesse des textes inédits du monde entier.
texte Laurent Gaudé mise en scène Gilles Chavassieux interprétation Yannick Laurent, Yi-Ping Yang conception Gilles Chavassieux, Christophe Sauvet.

Alejandro se está muriendo y recuerda.
Primera analogía con Las memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. Reconoce en el hambre a su mayor asesino, su hambre de tierras para saciar el deseo de inmortalidad. Primera paradoja.
Está obsesionado con su víctima, Darío de Persia, porque sabe que éste es superior a él, como hombre, como guerrero. Por eso lo destruye, ocupa sus palacios. Pero no tiene sosiego.
El hambre mortal de poder lo lleva a India, delira con su ejército de elefantes.
Alejandro el griego de Macedonia, conquistador de Babilonia, muere y recuerda. Moribundea y recuerdea.
Hay que ver después, qué hacen los "concepteurs" con el espéctaculo en que se basa la obra.
De por sí el texto es fluido, como no, si está en francés, el idioma anti cacofonía si los hay.
Una entra a la sala, un rincón del gran escenario que ha sido adaptado para pocos espectadores, y somos demasiados pocos en el segundo día de representación. Allá al fondo, hay una chica de largos cabellos lacios inclinada sobre un instrumento de percusión, sacándole sonidos propios de...un sin sentido pero a lo música contemporánea, será. Insiste, mientras los pocos viandantes escuchas nos acomodamos en las gradas. Cuando ya decimos que empiece, que empiece, entra un joven guapo de camisa y se sienta en la primera fila. Qué suerte me digo, algo bello para ver. Y tanto que de pronto se pone de pie y va hacia la percusionista, y con teatral gesto, de esos así, de brazos extendidos como diciendo: oh! tan propio de los actores de teatro. Y ella se enoja un poco y le da un montón de papeles, prolijamente ordenados, eso sí. Y sigue medio franética, entre unos abalorios colgados. Y él hace el gesto de: oh! y deja los papeles en un atril, frunce el ceño, se apaga la luz. Se prende, veo en el suelo varias marcas desperdigadas escritas en chino. Tá, me digo. Ya sé. Ahora me pasaré el resto de la obra adivinando cuándo se parará en cada lado el chavón. Y con suerte, la percusionista osará moverse de su rincón. Pero no, no nos moverán, ni por el tigre azul del Éufrates. La chica tiene su misión sumisa de castigarnos con atonalidades insospechadas, ruidos de semillitas, panderetas, etc. Y el chico, de a ratos lee del atril, porque pobre, el texto es muy largo. Y de a ratos va hacia alguna de las marcas, y hace el único gesto de oh! y hace como que recita. Pero no se le mueve nada. Será porque se está muriendo el pobre Alejandro. Yo no entiendo nada. En algún momento espero que sea un poco histriónico, yo qué sé. El personaje da, y el pibe no es Colin Farrel con su eterna cara de yo no fui. Y habla y habla. Ahora le va a aparecer esa asquerosa espuma blanca en la boca que le vi al actor que leía el resultado del Cadáver Exquisito. El francés aquél, que aunque monocorde, hubiera sido un Alejandro más interesante. Que tome agua el pobrecito, pedía yo. No hay ninguna botellita ni escondida el atril. Si se le entreveran las hojas, qué hará el chavón? Y ahí nomás mi ataque de empatía se ve contrarrestrado por una profunda soñera. Merde, cuando me quiero dormir nada. Y ahora parezco una vieja chota, como esos viejos chotos que se duermen en los conciertos. Mi primera vez en el teatro. Y qué lindo sueño. Y si empiezo a soñar y tengo un sueño erótico y sueño con David, mi amor imposible de la adolescencia, como cuando me operaron la última vez y tuve un orgasmo de aquellos? Capaz que creen que es parte de la obra, total nadie me conoce. Le daría al menos un giro interesante, re avant garde. Para peor atrás mío están el concepteur y otro más joven, también lindo, de sobretodo largo, que será el director. Seguro son pareja. Ya me miraban con sonrisa de conmiseración, de pobre no entiende, cuando me movía buscando una posición cómoda para mis extremidades, de modo de contrarrestar el enorme peso del aburrimiento. Y si me duermo de veras? qué estrés. Del estrés, me despierto un poco. El chico se anima, y cuando habla de los elefantes alza un poco la voz, caramba. Y yo sin reloj. Ahora le toca la marca del fondo, me digo. Y me hace caso. La piba, dale que va, pero ahora agarra lo que serían unas boleadoras y las revolea. Se le llega a escapar y nos arranca un ojo, nos arranca. Y zumba que zumba y apagan la luz. Ahora sí qué emoción, quién será el próximo tuerto. Y zumba que zumba. Y ufff. termina. Los diez espectadores aplauden mucho, lo que aumenta mi autocompasión sobre los que no entienden nada cuando van al teatro. Y salen tres veces a saludar encima. Y ahora sí, los estoicos nos podemos ir. Hubiera querido pararme en medio de la obra, y gritar, basta es un plagio a Yourcenar. Pero no sé cómo decirlo bien en ese francés enrrevesado que hablan ellos. Caliss. Maudits. Suerte que no invité a nadie a venir conmigo. Mi amiga griega es muy buena, me hubiera acompañado y como es muy educada, sonreiría suavemente y nada más. Pero no habla francés, por suerte para ella. Al teatro hay que ir sola en este país, por las dudas. No es cosa de espantar a las amistades. Pero qué país generoso, merde.
D.B., desde el Mónument National.
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