29.6.08

Nibia Sabalsagaray: in memoriam

La memoria de las piedras

Quién pedirá perdón, Nibia, por tu vida robada. Quién absolverá, Nibia.

Nívea, solísima te vimos. No hay palabras, no hay justicia. Pero estás en la memoria.

Los folletos turísticos dicen que Nueva Helvecia es un lugar pacífico. La visitan muchos extranjeros que lo confirman al respirar la eterna primavera del aire. Pero no muchos turistas han tocado los muros antiguos, ni se han detenido a escuchar sus historias. Si pudieran oír lo que hablan las piedras en las madrugadas, sabrían que aquél es un sitio de guerras, renuncias y amores velados tras la inmemorial calma pueblerina. Si pudieran oír como yo los cascos de los caballos en el patio empedrado de la casa de mis bisabuelos, sabrían parte de la verdad. Yo puedo escuchar el silencio de las niñas que espían entre las rejas del ventanal. El padre les había dicho que no hablaran cuando llegaran los soldados a buscar a Juan. El mayor de los nueve hermanos está escondido en el sótano para no ser reclutado en una guerra civil que le es ajena. Su padre había huído del militarismo prusiano atravesando medio mundo para hallar algo de paz y no iba a permitir que la historia se repitiera con sus hijos. Los jazmines del enrejado todavía exhalaban su perfume de la noche anterior apenas matizado por el rocío, cuando los hombres del caudillo del partido colorado se fueron con lo que pudieron requisar: todas las botas que el padre, zapatero remendón de oficio, les había entregado presuroso.

Muy cerca está la comisaría, bastión del caudillo que controlaba la región, al menos hasta la siguiente revuelta. Allí desensillan los hombres. Sigo sus huellas y toco las gruesas paredes del lugar para revivir las voces antiguas. Apenas distingo ecos de disparos, gritos, murmullos de historias que no entiendo bien. La Santa Rita que espía encaramada sobre el muro sabe mucho más que yo de lo que allí sucedió. Me alejo del aire enrarecido de secretos y violencia, necesito caminar. Diviso el campanario entre los cedros, esos centinelas imperturbables del silencio que rodea a la iglesia protestante. La puerta del cementerio religioso anexo está abierta. Mis pasos hacen crujir las piedritas de los senderos entre las lápidas que están a flor de tierra. Me detengo a descansar bajo el árbol del indio y digo una oración por su alma. Pero no la necesita. Su cuerpo dolido de indígena sin hogar, con toda una historia de exterminio a cuestas, se hizo árbol como regalo de piedad de la tierra que lo recibió para su último reposo. Busco entre las cruces de hierro más antiguas la tumba de mi bisabuelo. Quiero decirle que valió la pena su dolor de desarraigo porque salvó a la familia del horror de los bombardeos que arrasaron ciudades alemanas, que los salvó de dividirse y desgarrarse. No quiero contarle en cambio que aquí también padecimos en infiernos de pura invención humana. Las historias secretas de denuncias y listas negras quedaron tras de los visillos de ventanas demasiado discretas. En el aire de la ciudad se respira aún un miedo recatado en las puertas de casas que aparentan ser de otro lugar, de la lejana Suiza, para no inmiscuirse en dolores ajenos.

Salgo del camposanto y retomo las misma veredas que me vieron repartir volantes que llamaban a movilizarse en pro de la democracia y la justicia, pequeña militancia de adolescente que atemorizaba a mi madre. Revivo sus temores al pasar por nuestra vieja casa y creo oír aquella guitarra, cuando ella se encerraba a tocar canciones de Jara, Sampayo, Violeta, como acto de resistencia personal, única rebeldía permitida en un lugar donde las paredes oían y podían delatar, tanto como los libros mudos en la biblioteca. Oigo mi llanto infantil, mis ruegos para que dejara de tocar porque imaginaba que unos seres verdes iban a tirar la puerta, a desparramar todo por el suelo y nos iban a hacer desaparecer. Los acordes de la guitarra me lastiman. Abandono mi casa una vez más. Paso por mi antigua escuela, con sus imponentes muros rosados y los tejidos de alambre bordeando los patios y me veo con las piernitas delgadísimas y torcidas en un acto que conmemora una fecha nacional. Tengo mucho frío, es temprano, es un domingo 25 de Agosto, día de la independencia. Las ramas del ibirapitá quieren cobijar a los niños que cantan temblando las canciones de rigor. Entre ellas hay un himno con un estribillo que dice “tiranos temblad”, frase que no se debe acentuar. La grabación tropieza, la cinta se enreda y las maestras se miran inquietas. Están “las autoridades”, no hay lugar para los errores. Tengo mucho frío. Siento que un líquido caliente me baja por las piernas buscando aliviarme.

-Me hice de frío- le digo a la maestra.

-Aguantá, no te podés ir porque están “las autoridades”-me contesta nerviosa.

Nadie se dio cuenta en el medio de la marcha a la bandera, pero igual lloro en silencio. Tengo el mismo frío de aquél otro 25 de Agosto, cuando debimos desfilar por las calles de la ciudad marcando el paso, las niñas de rigurosa pollera aunque la mañana se hubiera despertado helada en los jardines, y el olor imaginado del chocolate caliente que nos había prometido la directora de la escuela, para cuando finalizara el acto, era lo único que nos sostenía.

-Cuando pasen frente al estrado deben girar la cabeza pero no mirar directamente a “las autoridades”, y las rodillas deben levantarse al unísono en cada fila- nos ordenaron las maestras. Ya cercano el mediodía, nuestras pancitas pedían el chocolate caliente que nunca llegó. Así fue que empecé a odiar a “las autoridades”, ese conjunto de gente bien peinada que me hacía pasar tanto frío. Tan bien peinada como el dictador Bordaberry, ese ser que estaba rodeado de policías y soldados en el estrado de “las autoridades”, al que no se podía disgustar mirándolo a los ojos.

(A ese señor le gustaba mucho estar bien custodiado. Cuando sus hijos salían en las mañanas al colegio, siempre en automóvil y con guardias, los soldados cortaban el tránsito de la avenida Agraciada, entonces en ampliación, y todo el tráfico quedaba obligado a rendir pleitesía con su demora, al paso de los que parecían pequeños príncipes de una republiqueta inventada; me contó una vez un amigo que era su vecino en el barrio del Prado en Montevideo. Tantos muros, metralletas y uniformes encubrían una cantidad de culpa en una suerte de proporcionalidad directa que la matemática implacable de la historia, más que la justicia de los tribunales, se encargará de demostrar, me explicó).

Con esas imágenes de la infancia doliendo en la memoria quise irme de Nueva Helvecia para no volver jamás, como si mi ausencia mínima borrara tantos sucesos y recuerdos amargos. Como si la paz se obtuviera del olvido, quise negar el antídoto que ofrecen las piedras a quien quiera escucharlas.

Volví a la capital y a mi trabajo en la burocracia de la Ciudad Vieja. Allí todo se amortigua; el ruido de los pasos y el de las rocas del subsuelo que saben tanto del pasado aunque pasen despercibidas. Tan desapercibido como pretendió pasar el ex fiscal aquél tras lentes oscuros. Enseguida que puso sus zapatos demasiado claros sobre la alfombra del salón de directorio de la oficina, tuve una sensación inquietante que no podía descifrar. En el medio de la conferencia que él dictaba sonó mi celular. Era mi amiga Claudia. No pude concentrarme más en las palabras del ex fiscal. La duda y el nombre Claudia resonaban en mi cabeza. No fue sino después, frente a la computadora y consultando la red, que pude develar el origen del intuitivo rechazo que me provocaba ese individuo. Se trataba del fiscal que había logrado en varias oportunidades el archivo de la investigación en la causa judicial de la muerte y desaparición de María Claudia García de Gelman, una joven mujer embarazada, secuestrada y luego asesinada, cuyo bebé fue robado. Una mujer cuyo recuerdo sigue esperando algo parecido a la justicia. Algo parecido a lo que esperamos para Nibia Sabalsagaray, otra joven mujer asesinada, cuya memoria llama y espera en el cementerio municipal de Nueva Helvecia, aquella ciudad de apariencia pacífica que ayudaron a fundar mis antepasados desde sus piedras más profundas, con la esperanza de escapar para siempre de los horrores de la guerra. De todos los horrores.

Ilustración: los monstruos del Eternauta: los gurbos, los manos.

1 comentario:

  1. que buen texto, ilustracion y post estimada amiga...gracias siempre por su buena onda y sus exelentes textos!
    abrazos libertarios

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