20.5.08

Lorca en el Solis, estremecimientos


Se estrenó una versión de Bodas de sangre en el Solís a cargo de Mariana Percovich. En su papel de despedida de la Comedia Nacional, Estela Medina interpreta a la Madre. Y cómo. Por más que el oficio de la señora no sorprenda por sabido y confirmado en calidad durante toda su carrera, no se puede evitar un estremecimiento generalizado en la piel a oírla recitar, declamar, decir a Lorca. Medina puso a salvo al espíritu lorquiano, con todos los honores que se merece. Margarita sabía. Xirgu sabía y si bien la escuela actoral que dejó ha sido criticada por teatreros más vanguardistas, que notan una impostación en los actores nacionales que se le atribuye por misteriosa acción generacional; en materia de Lorca, ¡a ser humildes!, caramba. Impostan y falsean tanto o más quienes no tienen escuela en el teatro uruguayo, ¿entonces? A veces la culpa no es del maestro.
La coreografía del espectáculo estuvo bien, correcta, pero no hace más que denotar la falta de práctica de ballet que tienen los actores, disciplina que les daría una plasticidad cada vez más necesaria en consonancia con la tecnología audiovisual que acompaña al teatro de hoy.
El manejo de la voz es otro ítem a mejorar, ya sea en el canto o en los diálogos. La única voz que se adueñó del escenario y del teatro en todo momento fue la de la señora Medina, audible desde cualquier rincón. Algunos actores parecen olvidar el espacio en el que se mueven, y no hablan hacia el público, en una obra donde cada coma lorquiana, cada vocal tiene su peso en la historia.
La iluminación acompañó muy bien la puesta en todo momento, con un adecuado diseño, de lo mejor en la parte técnica.
La escenografía se apoyó en la alegoría de las sábanas, recipientes de la prueba de la pérdida de la virginidad, continente testigo del amor y el desamor, objeto del trajín de las mujeres del pueblo, envoltorio de los cuerpos vivos o muertos o metamorfoseada imagen de un bosque merced al juego de luces y movimientos impuestos sobre éstas, sujeto de los nudos que el novio virgen anuda obsesivo.
Las actuaciones parecieron estar en consonancia con lo que la directora deseaba expresar, una visión diferente del universo lorquiano apoyada en puntuales golpes de efecto.
El problema era mantener la coherencia de la obra en esa tesitura.
Mientras que la primera parte se desarrolló dentro de los esquemas generales de la visión lorquiana, el comienzo de la segunda parte descoloca al espectador.
La Muerte y la Luna, puntales de toda la mitología lorquiana, se presentan en vistosos trajes y exagerada estética "drag queen". La Muerte es un señor de vientre prominente encerrado en la estructura de un miriñaque del que cuelgan huesos idénticos, que parecen juguetes para perro y está aprisionada en un traje de inspiración sadomasoquista. La apostura, la voz, los gestos repiten un esquema presentado en la puesta de las Mil y una noches por parte de la directora y de ese actor, con llamativos movimientos pélvicos que no insinúan nada, porque la insinuación es delicadeza pura, sino que son groseros de por sí, como si el sexo fuera grosero y descalificante, y también la condición gay. ¿Se quiso injertar allí una cierta "commedia dell´arte"?
La Luna es el impecable Bolani, pero le hicieron representar a Carlitos Perciavalle, hasta en los giros de la voz, siendo que este espejo supera al original con creces.
La mayoría del público ríe en medio de la doble tragedia y por lo tanto no oye los hermosos versos que aparecen burlados en esa versión. Algunos espectadores quedan inmóviles, sorprendidos por el cambio brusco de registro y algunos pocos como yo que aman la poética de Lorca por su musicalidad y sentimiento libre, se enojan.
La homosexualidad del dramaturgo será notoria en su obra, ¿pero porqué hay que burlarla con trazo grueso, con estética de golpe, porrazo, grosería, risotada? En todo caso, ¿importa? Me importa cómo Lorca decía y lo que quería decir. Su vida privada le pertenecía y ojalá haya tenido su cuota de felicidad en lo que eligió. ¿Y porqué cargar a la homosexualidad con la exagerada estética drag queen o de mariquita de cabaret?
Hay partes de la versión que parecen pastiches dejá vu, por ejemplo el traje y los movimientos de Bolani al comienzo recuerdan demasiado al protagonista de El niño argentino de Kartun.
Por suerte, Medina con su oficio salva al espectáculo de esos resbalones toscos y es ella quien convocará a ponerse de pie al público en aplauso cerrado.
Por otra parte se hace parecer a los actores como cuchilleros tímidos, siendo que es una imagen central de la obra. No hay desgarro en esta Bodas de Sangre, (salvo en la voz de Medina). En su lugar, se exagera en el uso de los abanicos.
También la directora agrega de su cosecha un presentador que se mete en la trama, encarnado en un actor de extraña dicción y que debiera ser algo más "duende" hasta en lo físico.
El vestuario desmerece a la obra. Se nota el abismo con el mostrado en la otra obra de la Comedia en cartel, El descenso del Monte Morgan de Miller. Si bien se quiso escapar del cliché del flamenco, en verdad se logró a medias y con prendas tristonas, ajadas. Las faldas de las mujeres recordaban las peores de la puesta de Don Gil de las Calzas Verdes, con colores chillones y puntillas también chillonas por el contraste. Leonardo, el tercero en discordia, debe ser la síntesis de la seducción masculina, el hombre felino. Pero usa un fondilludo, lastimoso y deslucido pantalón de pana y un chaleco negro, que podría ser un guiño a la estética española pero es enorme y oculta su pecho, signo masculino icónico. Una camisa de una tela con mejor caída, que aproveche el generoso juego de luces en la escena con la novia, (momento plástico por excelencia) y botones generosamente desprendidos harían lucir y por lo tanto seducir mucho más al actor Fabricio Galbiatti, que por lo demás muestra una buena presencia escénica, por fuera de la trama que injertó la directora, por suerte. Esa es una escena que remite al Petit Ballet Romantique. Y el rojo en clave de seda o del terciopelo, hace falta. Con esas luces, aún más. La novia lucirá un inexplicable y chillón tocado vanguardista, apto para un carnaval, que no tiene nada que ver con la esencia del personaje y que hasta le obliga a la actriz a hacer movimientos que desmerecen el sentido de lo que cuidadosamente fue hilando, (y se nota su buen trabajo), en el resto de la obra.
La música debía acompañar una visión que quiso ser novedosa, con toques de rap, tecno, tango. Pero se puede trasgredir con más belleza, por ejemplo apelando a Camarón y Tomatito, o a Piazzolla. Por ejemplo, nada más. El elemento musical requería mayor vuelo.
¿Porqué hay artistas que se empeñan en afear lo bello sublime?
Necesito releer Yerma para recobrar la esencia lorquiana que amo. Luz de luna, amores imposibles, sean del signo que sean, dolores de amor como puñaladas.
Así, no me gusta.
D.B.

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