23.3.08

Luca vive, también en Montevideo


Montevideo, sábado 21hs. antes y durante la exhibición del documental sobre Luca Prodan de Rodrigo Espina en el Festival de Cinemateca.
Ellos no fueron a mi liceo, pero están acá. Salieron de las cuevas. Son más jóvenes que yo, pero a mis quince años yo curtía Sumo. Porque como dirá Sokol, el bajista y luego batero de emergencia de la banda, Sumo era como la campanilla que llamaba al recreo. ¿Y ellos? Su edad promedio rondará como mucho unos 30 años. Vienen en grupos de amigos, en pareja y hasta alguno con su pequeña bebé. La fila comienza en la puerta del cine en 18 de julio y sobrepasa la comisaría central de la calle Yí. En un Montevideo que se presumía desierto, esta gente salió de abajo de las piedras. ¿El espíritu Sumo se habrá mantenido vigente merced a Divididos y Las Pelotas? Considerando que los dos grupos están conformados por meros satélites de la aplanadora Luca Prodan, esta es una hipótesis arriesgada. Tampoco puede ser un interés de transmisión generacional. Los padres de la gente de la fila deben rondar la cincuentena larga, y no hay ningún ejemplar de dicha franja etaria para decir presente allí.
Es un misterio qué o quién convocó masivamente a presenciar este documental.
El jovenzuelo que está delante mío arma tranquilo un cigarrillo de marihuana, pasan los agentes en su patrulla despacito y saludan. La única que tose ahí por el humito delicioso soy yo, volcando en mi chal enrollado a la mode el latte con canela comprado en McDo. Soy una extraterrestre, lo sé, lo confirmo.
La fila avanza, podemos entrar en la sala, todos los asientos cubiertos y la multitud espera tranquila, se presenta el director del documental y ahí nomás arranca Luca, la aplanadora en remerita sin mangas escondiendo su pecho escuálido, pero qué gigante en la escena.
Un grabador enorme y cuadradísimo, de aquellos que nos parecía lo máximo cuando éramos adolescentes, reproduce las cintas que Luca enviaba a su familia a manera de carta.
Y está el testimonio de su mamá, viejita genial, de su hermana mayor que supo rescatarlo de varias cuando la heroína lo atrapó en Europa, y de su hermano menor Andrea, con quien tenía una relación simbiótica que la distancia entre Italia y Argentina no hacía óbice. También sus enamoradas hablan con cariño y dolor de él. Una de sus rubias recuerda los ruegos porque se cuidara y abandonara la ginebra, otro de sus grandes amores. Otra recuerda su carácter profundamente emocional, difícil de hallar en un hombre común, con el sentimiento a flor de piel. Y eso es lo que mata, eso es lo que lo mató al final, la heroína fue el veneno cruel que se puso en el camino como medium engañosa para el sufrimiento.
Hablan también los McKern con una mezcla de tristeza y buenos recuerdos, los Daffuncchio. En cambio algunos notorios miembros posteriores de Sumo no colaboraron con el trabajo. No tendrían garantizado el protagonismo, yo qué sé. Es difícil ser porteño y estrella de rock, viste.
En la sala no se oyó un suspiro en los noventa minutos, ni el más leve movimiento, todos estábamos embelesados, que aunque los conceptos no fueran nuevos, es otra cosa tener la documentación de los mismos en la voz de Luca y en los testimonios directos.
Ningún tema hit de Sumo sonó, por suerte, no correspondía. Sí muchas canciones de Luca, desde canzzonettas de su amada Italia re interpretadas, su clásica Noche de Paz, sus devaneos pinkloydianos o joydivisionarios, Fuck You, y White Trash, el manifiesto final.
Luca tuvo como primera baterista a una chica punk inglesa, Stepahnie que tuvo que irse cuando la verguenza del asunto de las Malvinas. Contaba ella que le gritaban puta cuando tocaba, sólo por ser mujer y ella entonces decía que cobraba más fuerzas para aporrear la bata, imaginando que eran las cabezas de esos idiotas lo que golpeaba.
Anécdotas contadas por Luca y sus amigos, sus músicos, sus compañeros de droga y ruta, la omnipresente droga, pero con aire de suave nostalgia que no llega a ser apologética es lo que dejó el bienvenido documental.
D.B.


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