14.5.07

Pobreza e inundación.


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“Puede ser que no para nosotros,
Pero cesará la tormenta
Un día
Y volverá el tiempo de las palabras cruzadas”.
(Vitez).

Corro más por el impulso propio de mis piernas que por la voluntad de hacerlo. Si bien los latidos de mi corazón hablan de una agitación mayor que la causada por la carrera sin sentido, no me detengo.
Compruebo que el río avanza sobre las piedras del muelle. Está cortando el paso en el camino de siempre. Debo atravesar pantanos que temo más que a la inmersión en el agua invasora. Trepo por las rocas y llego al club cuya exclusividad será pronto para las aguas y ya no de los nuevos o viejos ricos.

Hay un aire de pasividad espectral en el pueblo. El reloj de la iglesia vacía marca porfiado las horas con las campanadas previstas. No sé de dónde saco aliento pero sigo recorriendo las calles. Algunos vecinos esperan el atardecer en el portal, y aunque saben del gran remolino en la presa, están seguros de que el río no los tocará, porque “nunca pasó”.
Tienen una seguridad irracional en que los niveles de la inundación del año 59 no serán alcanzados. La línea indeleble que quedó en los muros de tantos hogares no puede traicionarlos. Convivieron con ella como diario recordatorio, porque no hubo cloro o resina capaz de borrarla. La mezcla de barro y agua cloacal subió desde los cimientos y se aferró a los muros.
Los últimos barcos del muelle deportivo son puestos a resguardo con displicencia porque nunca hubo que hacerlo antes, y los pueblerinos, contrariamente a lo que se cree, no son gente de amilanarse por una crecida.
Los ricos hicieron sus hogares en la rambla para tener la mejor vista sobre el río, sin intromisión visual. Por lo general son casas sólidas y de dos pisos, ostentando el poder económico frente a los ranchos del recodo, que se esconden tras el bosque del parque municipal.
Nada les puede pasar a los dueños del pueblo, ellos tienen comprado un destino diferente al del pobrerío.
Yo quiero escapar. Consigo un pasaje en la última línea de autobuses del día, y aunque deberé hacer unas combinaciones exóticas de líneas para esquivar los puentes que no dan paso, no dudo un instante. A regañadientes abrieron la agencia de transporte a último momento, con gesto rutinario. Me miran mal por que me voy, por que no participo del ritual de pasividad. Porque el río jamás volvió a alcanzar la crecida del año 59, no hay de qué preocuparse. Y pocos se pre-ocupan. No hay planes de contingencia o ensayos de evacuaciones, ni alertas programadas. Porque es mejor ver pasar el río tomando mate, ya sea en el country club, en la sala de máquinas de la represa, o en la oficina capitalina de los directores de la empresa generadora de energía. Los ingenieros comparten los cálculos de la relación entre costo y beneficio del evento climático, con los políticos que la gente eligió, tomando mate. Una vez más en las lujosas oficinas de las aseguradoras brindan a la salud de la constancia en la imprevisión.

Los diarios venden titulares húmedos y unos pocos gatos juegan con el ratón de la información, o con las ratas despavoridas.

En los próximos meses, habrá un pequeño descuento casi ensangrentado en las facturas de energía eléctrica de la población. Y en todo caso, el agua se retirará un día u otro, dejando un limo desolado pero fértil para la soja del futuro.

La destrucción de unos será la riqueza de otros, como ley humana auto impuesta.Los campesinos arreados en China por la intervención sobre el río Amarillo, los afro-americanos y la white trash de la Nueva Orleáns anegada, comparten la suerte de unos pocos miles de uruguayos, en su mayoría pobres, quienes insisten en vivir en la porción de tierra que pudieron arrancarle a la santa propiedad privada.
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D.B.

2 comentarios:

  1. Brillante Dafne. Increíble crónica de una inundación anunciada. Por momentos me llevaste a Mercedes, hasta pude olerla, pero creo que me equivoco. Pero no importa el nombre de la ciudad, lo que importa es esa rara mentalidad que tenemos los uruguayos. Aunque como bien decís, también los habitantes de Nueva Orleans pensaron que eran inmunes a la Madre Naturaleza. Esa vieja dama que cada vez que la mano del hombre le toca el culo... se agita, se prepara y nos lanza uno de esos avisos... Un beso grande.

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  2. La imagen de una inundaciòn es tremenda,y tambièn somos,los uruguayos,de dejar todo para ùltimo momento,por aquello de que "no pasa nada".Un beso desde Montevideo.

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