10.2.07

Mujeres de desiertos


D. B.

04.11.2006

Taller patio Biarritz

Lamuchachita

«Le ciel est plus noir qu’une nuit sans astres. Au loin gronde un orage et derrière nous j’entends se déchirer le tissus du peuple. Ô toi dont tous les instants sont éternels, je suis ton dernier quart d’heure »

Jean Grosjean

Lamuchachita se hacía llamar Tirsa, y Tirsa era tersa, y era Judith. Esto último no la hacía feliz. Un nombre estigma le había sido asignado, que le impidió irse a la babilónica Bagdad a restaurar el archivo coránico. Abominaba por ello de su familia tan industriosa como carente de refinamiento.

-Mi bella, con ojos de azogue- le repetía la madre desde pequeña, por lo que creía merecer una vida acorde en bellleza. Trataba a sus padres con una cierta condescendencia principesca, rayana en la indiferencia. No experimentaba el miedo-odio de la Alejandra de Sábato hacia una madre cloaca que devolvía al río fetos inconclusos, sino un asco generalizado, adecuado para una nativa de Ciudad Cloaca, el asco hacia el padre cloaca universal que sin abortar a sus hijos, simplemente los abandonaba a su lodosa suerte. Ciudad sin héroes, tal vez con algo de heroína, y tumbas perdidas en la ignominia de tantos huesos tristes, también míticamente fundada en un canibalismo de ciénaga, maldición de los ríos anchos, condenada a morir canibalizada, porque todo vuelve a su origen, a su inframundo primigenio de lodo y desorden.

Vivía en el distrito de Chapaleonia, concediéndose el patético gesto esnobista de simular vivir en Nueva Venecia. Pero en verdad odiaba chapotear en el barro para poder salir, así como también el croar enloquecido de las ranas por las noches, y la lascivia de los balseros, que sólo la respetaban cuando la identificaban como a la mujer de Omni.

Tanto disgusto con su suerte le iban imprimiendo en el rostro un aire lejano e inaccesible.

(continúa)

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