12.2.07

Mi gente de paz.


Hubo varias familias unidas que quisieron escapar de las guerra franco prusiana, de la guerra con los austríacos, de las guerras, de la pobreza.
De la Suiza encantada del Ticino, del Piamonte alessandrino, de la Prusia marcial, del Tirol austríaco, de la fea Hannover.
Para encontrarse y mezclar sus genes en los campos de Colonia, Uruguay.
Ignoraron todo lo que pudieron las guerras civiles internas. La escuela, la iglesia, el trabajo y la familia era lo que importaba. Pero mantuvieron el viejo resquemor a unirse entre protestantes y católicos, exótico motivo de divergencia para los otrora propietarios de las tierras que los inmigrantes fueron trabajando. A pesar de la extravangancia del mercenario suizo Bion y algunos secuaces seducidos en su ignorancia por la posibilidad de volver a detonar los Máusers, la palabra más mencionada era PAZ. Mi bisabuelo prusiano renegaba en las noches heladas en que le tocaba hacer guardia para cuidar al ganado del abigeato, a caballo y lo que es peor, armado con un fusil. Cruzar el mundo huyendo del militarismo prusiano, para terminar arma en mano en las tierras nuevas, causaba un enojo furibundo en Federico Werner, que sólo la posterior lectura disciplinada, casi apasionada, de su Biblia en alemán conseguía mitigar.
(continuará la Crónica de los inmigrantes en la Colonia Suiza).
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D.B.



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