12.2.07

Mi gente de paz.


Hubo varias familias unidas que quisieron escapar de las guerra franco prusiana, de la guerra con los austríacos, de las guerras, de la pobreza.
De la Suiza encantada del Ticino, del Piamonte alessandrino, de la Prusia marcial, del Tirol austríaco, de la fea Hannover.
Para encontrarse y mezclar sus genes en los campos de Colonia, Uruguay.
Ignoraron todo lo que pudieron las guerras civiles internas. La escuela, la iglesia, el trabajo y la familia era lo que importaba. Pero mantuvieron el viejo resquemor a unirse entre protestantes y católicos, exótico motivo de divergencia para los otrora propietarios de las tierras que los inmigrantes fueron trabajando. A pesar de la extravangancia del mercenario suizo Bion y algunos secuaces seducidos en su ignorancia por la posibilidad de volver a detonar los Máusers, la palabra más mencionada era PAZ. Mi bisabuelo prusiano renegaba en las noches heladas en que le tocaba hacer guardia para cuidar al ganado del abigeato, a caballo y lo que es peor, armado con un fusil. Cruzar el mundo huyendo del militarismo prusiano, para terminar arma en mano en las tierras nuevas, causaba un enojo furibundo en Federico Werner, que sólo la posterior lectura disciplinada, casi apasionada, de su Biblia en alemán conseguía mitigar.
(continuará la Crónica de los inmigrantes en la Colonia Suiza).
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D.B.



10.2.07

Mujeres de desiertos


D. B.

04.11.2006

Taller patio Biarritz

Lamuchachita

«Le ciel est plus noir qu’une nuit sans astres. Au loin gronde un orage et derrière nous j’entends se déchirer le tissus du peuple. Ô toi dont tous les instants sont éternels, je suis ton dernier quart d’heure »

Jean Grosjean

Lamuchachita se hacía llamar Tirsa, y Tirsa era tersa, y era Judith. Esto último no la hacía feliz. Un nombre estigma le había sido asignado, que le impidió irse a la babilónica Bagdad a restaurar el archivo coránico. Abominaba por ello de su familia tan industriosa como carente de refinamiento.

-Mi bella, con ojos de azogue- le repetía la madre desde pequeña, por lo que creía merecer una vida acorde en bellleza. Trataba a sus padres con una cierta condescendencia principesca, rayana en la indiferencia. No experimentaba el miedo-odio de la Alejandra de Sábato hacia una madre cloaca que devolvía al río fetos inconclusos, sino un asco generalizado, adecuado para una nativa de Ciudad Cloaca, el asco hacia el padre cloaca universal que sin abortar a sus hijos, simplemente los abandonaba a su lodosa suerte. Ciudad sin héroes, tal vez con algo de heroína, y tumbas perdidas en la ignominia de tantos huesos tristes, también míticamente fundada en un canibalismo de ciénaga, maldición de los ríos anchos, condenada a morir canibalizada, porque todo vuelve a su origen, a su inframundo primigenio de lodo y desorden.

Vivía en el distrito de Chapaleonia, concediéndose el patético gesto esnobista de simular vivir en Nueva Venecia. Pero en verdad odiaba chapotear en el barro para poder salir, así como también el croar enloquecido de las ranas por las noches, y la lascivia de los balseros, que sólo la respetaban cuando la identificaban como a la mujer de Omni.

Tanto disgusto con su suerte le iban imprimiendo en el rostro un aire lejano e inaccesible.

(continúa)

Distorsionando Montevideo


1.Nadie miraba las estrellas

Señor, dame de beber

Para que no vuelva a tener sed.

(Oración de santa Teresa de Avila.)

Corría el año 2050 en Ciudad Cloaca, capital de Mediocridea, país que había perdido todo punto de referencia. El primer gesto nihilista inciador del efecto dominó adverso fue el robo del patrón del marcador convencional para construir las redes cloacales, denominado el “cero Wharton”. Las posteriores desapariciones del Kilómetro Cero, de la reproducción de la escultura de Miguel Angel, el David, y finalmente la prohibición de utilizar La palabra, habían dejado a la población en un estado de caos que el cambio climático global había contribuido a agravar. La verdad es que el hurto del referente cloacal había sido también la excusa de los sospechosos de siempre para seguir sacando provecho de la debilidad mental de los habitantes de Mediocridea.

Los hologramas destelleantes en la oscuridad de la habitación de Eugenio eran lapidarios. Los chinios lo despedían de su trabajo a causa de la discontinuidad en el servicio holográfico, que le había impedido entregar a tiempo sus tareas en innumerables ocasiones. Eran riesgos de contratar en un país cuartomundista, había argumentado Eugenio, pero los chinios tenían demasiado de donde elegir. Con la erupción del volcán Yellowstone los Estados Sumidos habían quedado eternamente hechos ceniza, y los sobrevivientes de los Estados sureños sumidos eran una mano de obra deleznable, casi iletrada, que se vendía a los chinios por un crédito para agua. Y a pesar del muro construido por República Chicana, cada día se colaban centenares de desesperados prestos a perder la vida si era dable, con tal de poder probar suerte en Ciudad Marcos. Eugenio dudaba entre proponerse cambiar el mundo, cambiar su suerte o ir a la casa de Lamuchachita por agua y consuelo.
(continúa...)
D.B. creado para Taller Rehermann, basado en El robo del Cero Wharton, Carlos Rehermann 1995, ed. Trilce.
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