4.11.06

El color que el infierno me escondiera



Carlos Martínez Moreno nació en Colonia, Uruguay, y murió en México en 1986.
A los cuarenta y tres años, cuando se inició en el oficio de narrador, contaba ya con vasta experiencia de la palabra. De 1943 a 1951 se hizo cargo de la crítica de teatro del semanario Marcha, publicación que agrupó a gran parte de los intelectuales independientes de la política oficial desde la fecha de su fundación (1939) hasta la de su clausura por el gobierno militar, en 1974. A la experiencia del periodismo crítico, común a los miembros de su generación literaria (a la cual Ángel Rama llamó, justamente, generación crítica) aunaba el ejercicio de la abogacía. Sin duda el alegato oral, la organización del discurso encaminado hacia el convencimiento y la demostración, se le convirtieron en hábitos lingüísticos. Fue defensor de oficio durante años y defensor de presos políticos desde 1968 hasta el momento de su exilio en México, a mediados de los setenta. Aquí vivió sus últimos años trabajando como profesor de la unam, junto con su esposa, Carmen García (también abogada e investigadora de la Universidad Nacional), y su hija menor, Matilde.

Si hay un aspecto de la experiencia biográfica que caracteriza su obra, éste es el ejercicio de la abogacía. Careos, procesos y casos criminales, confesiones, constituyen el tema y a la vez la estructura de sus narraciones. A esta zona de experiencia vital pertenecen "El careo" y "Los candelabros". Este último relato fue incluido en el volumen Animal de palabras; asimismo, forma parte de la novela El color que el infierno me escondiera, a la que el autor calificó de "memorial patético"; memorial del hombre y del defensor de presos políticos en los momentos de mayor enfrentamiento entre la guerrilla y las fuerzas gubernamentales.

Leída en su conjunto, la obra de Martínez Moreno se orienta hacia el desentrañamiento de una verdad mediante desenmascaramientos, investigaciones, denuncias, descensos a los bajos fondos, conjeturas destinadas a agotar los posibles desarrollos de una historia (como en "La puerta"). Parafraseando a Borges, son las suyas "obras de imaginación razonada", devotas de los poderes de la razón para iluminar el mundo, y de los poderes del lenguaje para expresarlo. Siempre precisa, ocasionalmente coloreada de humor, su prosa echa luz sobre un mundo frecuentemente sórdido y apasionado hasta los límites de lo execrable. Aun iluminado, sometido a una vasta red de causas, efectos y conjeturas, el abismo humano sigue allí, presente y ejerciendo una irresistible fascinación.

Rocío Antúnez Olivera es profesora-investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa, adscrita al área de investigaciones en Literatura Hispanoamericana. Es autora de Felisberto Hernández, el discurso inundado (México, Katún, 1985)

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