5.10.06

Crónicas de Café

(Gracias Gato por la foto de Marosa)

Crónicas de café.

Años 80. ¿Te acordás? Chiquilinas locas. Juntábamos monedas para un café para dos. La tacita se perdía en el mármol de la mesa. Era la excusa para colarnos en ese mundo de escritores, periodistas y poetas. Íbamos a escuchar, espiar y absorber.

Cerca, Marosa desparramando sus colores en papeles, con su sonrisa lejana. Más allá, los veteranos alimentando la humareda de cigarrillos y discursos encendidos. Los mozos, impasibles.

-Así voy a ser yo de vieja, Estela. Como Marosa, de pelo rojo y flor en mano.

Allá algunos cantando un tango. Otros leían imperturbables y solitarios, salvo por la pipa.

Se hacía la hora de la función. Otro ámbito igual de oscuro nos recibía. Y la película, una crónica soviética en blanco y negro sobre la segunda guerra mundial, era el broche lúgubre. Sólo los rollos se resistían al aburrimiento, dando saltos repentinos y despertando a algún espectador desprevenido. Pero nos íbamos contentas de haber visto una película políticamente correcta.

Fines de los 80. Los estudiantes de Humanidades éramos demasiado pobres como para armar tertulias de café y demasiado comprometidos como para poder hablar de otra cosa que no fuera de política .Y vos te fuiste, Estela, por las ramas del Jardín Botánico, y te atraparon las Bellas Artes de Manuel y tus hijos y la vida.

En los 90 nadie tuvo tiempo para un café. Había que hacer dinero. No había utopías ni lugar para el romanticismo. Era el fin de la historia.

Albores del siglo XXI. Nada pasó. Los terrores del nuevo milenio quedaron fuera de las iglesias esta vez, encerrados en circuitos de silicio. El aislamiento es cada vez mayor. Busco respuestas en las infinitas variedades de los cafés Van Houtte o Starbucks. Hay soledad en las mesas, donde cada uno con su computadora portátil, es incapaz de articular palabra. Sólo rostros crispados. El silencio es lo habitual. Se ven carteles que conminan a no quedarse mucho rato, y, engañosamente solidarios, enuncian que otros están esperando sitio.

Y en el Sur es parecido. No sé qué mató a los cafés ciudadanos. Y no sé qué le falta a tanto pequeño sucedáneo que ha brotado en la Ciudad Vieja y el Centro. Probablemente sea sólo el espíritu.

Ahora los documentales son en colores y de Irán. Pero las butacas son las mismas. Por suerte. Le pido a la ciudad que no me arranque más recuerdos, pero no oye.

Sospecho que mi lugar está en cualquier parte del mundo, pero con un libro de Marosa en las manos, imaginando que el café cobró repentino sabor a frutas salteñas. Sola con ella y los azahares. Lo demás no existe.

1 comentario:

  1. Qué buen post! Te felicito, de corazón a corazón. Te juro que sentí la misma sensación que tan bien describís. Una vez, sentado en un Starbucks en Atlanta me puse a observar a la gente... y que extraño me sentí... Sabés cuanto me gustaría sentarme a tomar un café en el Café Brasilero? O en el Sorocabana? Pero claro... Marosa ya no está, al igual que tantos otros que ya no están... Me gustó mucho ver la foto de Marosa. Sigue pendiente la poesía sobre Malvín. Te mando un beso y de nuevo... que buen post!

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