29.8.06

SINESTESIAS


PLAZA ROJA

(Sinestesias sin anestesia)

Un olor a verde inundó mis narinas. Así me recibió la plazoleta que se redondea para verle siempre la cara al sol, y se empina para estar más cerca de las estrellas en las noches calmas de Velsen y Yacó.

Los niños más pequeños piaban alrededor de las hamacas. Los más grandecitos, ensayaban goles contra el matorral de aloes.

“El mányester” gritó el de camisa a cuadros, dándole inolvidable impulso a la de cuero.

Entrecerré los ojos ante los fulgores del atardecer, casi cegada.

Perdida en reflexiones vulgares, no vi pasar al bólido rojo que se incrustó en la palmera de la casa de enfrente.

Los tambores lejanos siguieron latiendo indiferentes, mientras que en la plaza se hizo el silencio inmediato al estupor.

Callaron los gorriones.

El áspero chirriar del metal había durado unos segundos, hasta que ese rojo desgarró las gargantas.

Las bocas de una ciudad



Las bocas de una ciudad



Tango de Montréal

Sept heures et demie du matin métro de Montréal

C´est plein d’immigrants

Ça se lève de bonne heure

Ce monde là

Le vieux cœur de la ville

Battrait-il donc encore

Grâce à eux

Ce vieux coeur usé de la ville

Avec ses spasmes

Ses embolies

Ses souffles au cœur

Et tout ses défauts

Et toutes les raisons du monde qu’il aurait

De rennoncer

De s’arrêter. “

(Adrian Godin)

(Poema inscripto en una de las paredes del acceso a la estación de metro Mont Royal, en el barrio del Plateau en Montreal).


Las luces mortecinas de la estación de metro presagiaban mi cansancio. Verdosas pero sin estridencia, conferían cierto aire irreal a la multitud que esperaba terminar su jornada, inmutables al ulular de cada bólido naranja en las vías, una tortura dosificada cada ocho minutos.

El expendedor de billetes, en su jaula vidriada e insonorizada, (con todo pensado para tener el menor contacto humano posible), era la cara de la primera boca sorda en el infra mundo del subterráneo...

Anécdota sinecdótica

Anécdota sinecdótica esdrújula.

Con cariño a Quino, papá de Mafalda, personaje que me impulsó a divagar desde chiquita.


Cuando el contenido define al continente, ser gordo es una sinécdoque y esa condición cobra connotación estigmática.

Cuando el continente define al contenido, nos ponemos frívolos. Vemos la cáscara por no poder ver la yema.

Cuando se sobreentiende que el contenido abarca a su continente, surge el lenguaje poético, o el peor de los insultos.

Si digo que el Pentágono es la sede de la inteligencia estadounidense, es una falacia sinecdótica.

Una sinécdoque puede sustentar a la lógica kantiana, a la propiedad matemática transitiva, capaz que hasta a la teoría de la relatividad. Pero esto último no me animo a plantearlo.

Recuerdo a aquél matemático japonés que se quitó la vida. Pasó su último tiempo en este planeta haciendo teorías sobre el movimiento de las hélices. Padeció un sinecdótico harakiri existencial.

Si abuso de la sinécdoque, no sé si exagero una paradoja o un eufemismo, o si simplemente me vuelvo patética y cursi.


27.8.06

Kakfa, un ejercicio clásico recreando La Metamorfosis


LA METAMORFOSIS DE LA VIUDA NEGRA.


INSTINTO:
del latín instictus, “instigación, impulso”, de instigare, “instigar, estimular”,
a su vez del griego stizo, “picar, punzar”, del que también deriva estigma (en lat., stigma-stigmatis:”marca hecha con hierro al rojo, especialmente a los esclavos”, y este del griego stigma-stigmatos, “marca, picadura, mancha, deshonra, abertura”).


“Al despertar esa mañana Gregorio Samsa se encontró convertido en un monstruoso insecto”, se repetía mentalmente Guy, mientras restregaba su piel bajo la ducha. Se había despertado pegajoso de sudor, ...
...

Entre abrir los ojos y sentir una opresión generalizada en su cuerpo y cómo lo envolvía una sombra negra, transcurrió otro segundo. Su cuerpo exangüe no opuso resistencia al agua helada de la mañana.

Los primeros navegantes de domingo lo encontraron horas más tarde, flotando junto a la boya que marcaba la salida a aguas más rápidas. En su euforia marinera, no notaron el brillo de unos ojos negros, enormes y fijos, bajo las maderas vencidas de la punta del muelle.

Ronsard


Comme un Chevreuil

Comme un Chevreuil, quand le printemps détruit
L'oiseux cristal de la morne gelée,
Pour mieux brouter l'herbette emmiellée
Hors de son bois avec l'Aube s'enfuit,

Et seul, et sûr, loin de chien et de bruit,
Or sur un mont, or dans une vallée,
Or près d'une onde à l'écart recelée,
Libre folâtre où son pied le conduit :

De rets ni d'arc sa liberté n'a crainte,
Sinon alors que sa vie est atteinte,
D'un trait meurtrier empourpré de son sang :

Ainsi j'allais sans espoir de dommage,
Le jour qu'un oeil sur l'avril de mon âge
Tira d'un coup mille traits dans mon flanc.

Ronsard avec son esprit tout ennuyé


J'ai l'esprit tout ennuyé

J'ai l'esprit tout ennuyé
D'avoir trop étudié
Les Phénomènes d'Arate ;
Il est temps que je m'ébatte
Et que j'aille aux champs jouer.
Bons Dieux ! qui voudrait louer
Ceux qui, collés sus un livre,
N'ont jamais souci de vivre ?

Que nous sert l'étudier,
Sinon de nous ennuyer ?
Et soin dessus soin accroître
A nous, qui serons peut-être
Ou ce matin, ou ce soir
Victime de l'Orque noir ?
De l'Orque qui ne pardonne,
Tant il est fier, à personne.

Corydon, marche devant ;
Sache où le bon vin se vend ;
Fais rafraîchir la bouteille,
Cherche une feuilleuse treille
Et des fleurs pour me coucher.
Ne m'achète point de chair,
Car, tant soit-elle friande,
L'été je hais la viande ;

Achète des abricots,
Des pompons, des artichauts,
Des fraises et de la crème
C'est en été ce que j'aime,
Quand, sur le bord d'un ruisseau,
Je les mange au bruit de l'eau,
Etendu sur le rivage
Ou dans un antre sauvage.

Ores que je suis dispos,
Je veux rire sans repos,
De peur que la maladie
Un de ces jours ne me die,
Me happant à l'impourvu :
"Meurs, galant, c'est trop vécu !"
Se produjo un error en este gadget.