19.6.06

Trabajo premiado por La Voz de la Arena

Veronese, S.XVI, Jesús expulsando del templo a los mercaderes.


La trampa de la solidaridad.

Me dijo una vez un escritor de alma joven: -Temo hablar del tiempo. Literaria y filosóficamente es muy complicado.-
- El tiempo es granos de arena encerrados, o lluvia, nada más. La sociedad funciona en base a la compra y venta de tiempo. Yo, en cambio, - le dije - temo hablar de solidaridad. Mientras que el tiempo existe más allá de que lo enajene, y eso no es ni bueno ni malo, la solidaridad se disfraza de valor moral susceptible de volverse mercancía o sujeto de hipocresía. Esa hipocresía surge cuando, por ejemplo, le digo a un amigo: no tengo tiempo para ir a verte; porque jamás osaría decir: no tengo solidaridad para acompañarte -.

Ser solidario es sólo dar, o, solo, dar. Estoy soldado, unido a otro cuando comparto mi tiempo. Cuando siento y comparto con el prójimo o el lejano. Me desprendo un poco de mí, de mi tiempo y mis preocupaciones, para sentir con alguien más. No hay compra venta posible de tiempo en esa transacción, o deja de existir. Es una decisión personal, que me hace sentir bien. Porque dando, recibo, pero sin llevar balance de debe y haber.

Hay programas de televisión que se adueñan del concepto “solidaridad”, para vender tiempo. Y nosotros les seguimos el juego. Como si la vida fuera un juego, jugamos para escapar de la realidad y creernos eternos niños sin responsabilidades. Tal vez porque el juego se asocia a lo mágico. Esperamos satisfacer nuestros deseos con un pase mágico. Y siempre hay un comerciante dispuesto a especular con nuestros deseos de juego, de magia.

Cuenta la tradición judeocristiana que el profeta Jesús echó a los mercaderes del templo de Dios. Quiero pensar en cada ser humano como en un templo sagrado. Siento la obligación de estar vigilante para no dejar entrar a los mercaderes en ese templo. Siento la necesidad de lograr lucidez para discernir entre tiempo y solidaridad, y no caer en la trampa.

No se que tiene Malvin...

Siempre vuelvo

Volví a Malvín en espiral
Primero con esperanzas jóvenes
Luego traje por tributo
mis desesperanzas gastadas.

Dejé lágrimas
En los escalones de la playa Honda
Para que el viento las secara.
El sol también quiso consolarme.

Malvín busca el silencio, como yo.
Tras de la muralla de cemento,
Seguro que en Decroly o Almería
Un árbol viejo hará callar la tarde.

Sólo tienen permiso de algarabía
Los niños que juegan en Río de la Plata
o el 60 siempre cansino.
El barrio así lo quiere.

Malvín desea ser el primero
En despertar a la primavera.
El último en saludar al invierno.
Despeinando pero cortés.

Nacido entre dunas
Defiende su destino
Lo pelea, lo desafía
Con tambores de mediodía.
SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

Al que ingrato me deja, busco amante...

Con el dolor de la mortal herida...
Copia divina, en quien veo...
Cuando mi error y tu vileza veo...
Detente, sombra de mi bien...
Dime, vencedor rapaz...
En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?...
Esta tarde, mi bien...
Este amoroso tormento...
Este, que ves, engaño colorido...
Estos versos lector mío...
Feliciano me adora y le aborrezco...
Finjamos que soy feliz...
Hombres necios...
Miró Celia una rosa que en el prado...
Pues estoy condenada...
Que no me quiera Fabio, al verse amado...
Rosa divina que en gentil cultura...
Ya que para despedirme...
Yo no puedo tenerte ni dejarte...

Que genia Sor Juana Ines...


Satíricas a la vanidad masculina

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia,
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad,
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro,
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión ninguna gana;
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, liviana.
Siempre tan necios andáis,
que, con desigual nivel,
a una culpáis por crüel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en horabuena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición,
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
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